Para José Miguel Otáñez “comunicar nunca ha sido solo hablar, comunicar es construir confianza”, pues considera que el éxito de un mensaje no debe medirse por el número de reproducciones, seguidores o visualizaciones.
Nos cuenta que esta certeza le llegó al escuchar al profesor Adriano de la Cruz, cuya capacidad para movilizar personas a través de la palabra le reveló que comunicar también significa influir, transformar y construir sociedad.
Desde ese momento José Miguel comprendió que la comunicación iba mucho más allá de informar y su pensamiento comenzó a estructurar la idea que sería el norte de su trayectoria: la comunicación sostiene y deja una huella que puede fortalecer o debilitar la confianza sobre la que se construyen las sociedades.
“Aquel entonces, el profesor Adriano me hizo comprender que la comunicación era mucho más que una profesión; era una herramienta para construir sociedad”, recuerda.
Con esa visión recorrió un camino que combina el ejercicio periodístico, la investigación y el análisis estratégico. Hoy, desde el Centro de Análisis y Estudio de la Comunicación (CAESCO), impulsa una agenda que busca comprender el papel que desempeña la comunicación en la construcción del capital social y la confianza ciudadana.
Indica que, lejos de limitarse a estudiar medios o procesos informativos, CAESCO nació para analizar la comunicación como un fenómeno que influye en la calidad del debate público y, en consecuencia, en el desarrollo del país, y su trabajo gira alrededor de cinco grandes ejes: ética periodística, alfabetización mediática, comunicación con propósito, innovación pública e investigación aplicada.
“El análisis fue precisamente nuestro punto de partida porque entendimos que para mejorar nuestras conversaciones primero debíamos comprender cómo se construyen”.
Contabilidad Social Mediática
De esa reflexión surge uno de los proyectos que actualmente concentra gran parte de sus esfuerzos: la Contabilidad Social Mediática, una propuesta que busca medir la huella social de nuestras decisiones comunicacionales y revalorizar la comunicación como un verdadero catalizador de transformación, idea que rompe con los indicadores tradicionales que dominan el ecosistema digital.
Explica: “Durante años hemos medido el éxito de la comunicación por el alcance, las impresiones o los seguidores, pero pocas veces nos preguntamos qué confianza estamos construyendo o cuánto capital social estamos aportando”.
No es casual que durante su participación en la segunda edición de Conexión Interactiva decidiera desarrollar la conferencia ‘El costo invisible de comunicar’, ya que, para Otáñez, el mayor daño de una comunicación irresponsable no es únicamente la desinformación.
Al cuestionarle sobre cuál sería el costo más alto que está pagando la sociedad por una comunicación irresponsable, responde que “muchos responderían que el principal costo es la pérdida de valores, creo que el problema es aún más profundo, ya que el costo invisible de comunicar mal es una sociedad menos cohesionada y, por tanto, con menos posibilidades de desarrollo”.
Asegura que una comunicación irresponsable está erosionando la confianza entre ciudadanos, instituciones y liderazgos, y “cuando una sociedad pierde confianza, pierde también capacidad para cooperar, construir consensos y enfrentar sus desafíos colectivos”.
Por eso insiste en que la comunicación debe recuperar su dimensión social, “ya no basta con informar, tampoco con captar audiencias, porque la pregunta debería ser otra: ¿qué tipo de sociedad estamos ayudando a construir cada vez que comunicamos?”, cuestionamiento que también aplica para las organizaciones, empresas y el mismo Estado.
En su opinión, muchas empresas han sustituido los indicadores realmente importantes por métricas de vanidad, obsesionándose con el crecimiento de las redes sociales mientras descuidan elementos mucho más determinantes, como la credibilidad, reputación o confianza que generan.
Fortalecer la confianza
Asegura que “la confianza no depende de una campaña de comunicación… es la consecuencia natural de cumplir lo que prometemos”. Su respuesta sobre cómo fortalecerla sorprende precisamente por su sencillez: Cumpliendo.
Agrega: “Puede parecer una respuesta sencilla, pero ahí está la esencia. La competencia consiste en hacer las cosas con excelencia y generar resultados; la ética consiste en hacerlo correctamente, respetando principios y pensando en el bien común”.
Para él, la confianza nace cuando la competencia y la ética caminan juntas: hacer bien las cosas y hacerlas correctamente.
Destaca: “Cuando una organización cumple lo que promete y actúa con integridad, la confianza deja de depender de la comunicación y comienza a ser consecuencia natural de su comportamiento”.
Al mirar hacia el futuro tampoco se aventura a hacer predicciones, prefiere hablar de decisiones: “Como comunicador prefiero construir futuros antes que predecirlos”.
Privilegiar el criterio
Está convencido de que la próxima década dependerá de la capacidad que tengan periodistas, empresas, instituciones y ciudadanos de privilegiar el criterio sobre la inmediatez, el diálogo sobre la confrontación y la verdad sobre el espectáculo.
En ese escenario, considera que la inteligencia artificial cambiará muchos procesos, pero no reemplazará aquello que distingue a un buen comunicador: “Pensamiento crítico, ética, capacidad de comprender contextos y el criterio para tomar decisiones”. Considera que, más que aprender nuevas herramientas, se necesita desarrollar nuevas capacidades y estar alfabetizados mediática y algorítmicamente.
Porque, como resalta en nuestra conversación, la tecnología podrá producir contenidos, pero seguirá necesitando personas capaces de asumir la responsabilidad de las consecuencias que esos contenidos generan.
Y quizás ahí resuma la idea que atraviesa toda su trayectoria: “La confianza también se comunica porque comunicar nunca ha sido solo hablar, comunicar es construir confianza”.
El gran aprendizaje
Al preguntarle cuál ha sido el aprendizaje más valioso que le ha dejado su carrera en el mundo de la comunicación, responde con convicción, de manera clara y precisa.
“He aprendido que las palabras nunca son neutrales, cada mensaje que emitimos deja una huella y puede acercar personas o separarlas, fortalecer instituciones o debilitarlas, construir confianza o alimentar la desconfianza. La comunicación no termina cuando enviamos un mensaje; comienza cuando ese mensaje produce consecuencias en la sociedad”.
Concluye: “Si logramos que las futuras generaciones midan el éxito de su trabajo no solo por la audiencia que alcanzan, sino también por la confianza, reputación y el capital social que ayudan a construir, sentiré que habremos aportado algo verdaderamente valioso al ejercicio de la comunicación”.







