La comunicación del escándalo no es nueva… lo preocupante es la velocidad con que hoy consigue desplazar asuntos relevantes, convertir la vida ajena en espectáculo y acostumbrarnos a reaccionar antes que a comprender.
Desde hace un tiempo, hay días en que pareciera que la agenda informativa de una sociedad entera puede quedar atrapada en quién dijo qué, quién respondió, quién terminó con quién, quién publicó una indirecta, quién protagonizó una discusión o cuál será el próximo capítulo de una controversia que comenzó en las redes sociales y terminó ocupando titulares, programas, transmisiones y conversaciones… donde medios tradicionales se han sumado al juego.
La realidad es que no estamos ante un fenómeno nuevo: el escándalo, controversia y provocación han sido utilizados durante décadas, incluso siglos, bajo formas distintas, para conquistar atención.
También es conocida la estrategia de instalar temas capaces de competir con otros asuntos de mayor trascendencia pública cuando determinados sectores políticos, económicos o sociales necesitan colocar una conversación, modificar una narrativa o desplazar otra… en esos casos generar ruido puede resultar extraordinariamente eficaz.
Lo que cambió en nuestra realidad actual fue el ecosistema, antes existían mayores filtros y costos entre el acontecimiento y su difusión masiva. Hoy tenemos redes sociales, transmisiones en vivo, plataformas digitales, algoritmos y millones de personas capaces de amplificar cualquier episodio en cuestión de minutos.
Y, sobre todo, existe una economía que convirtió nuestra atención en un recurso valioso. A esa disputa por captar miradas se han sumado los bots, las cuentas automatizadas y la inversión destinada a posicionar, amplificar y mantener determinadas conversaciones hasta hacernos creer que “todo el mundo está hablando de lo mismo”… y es que hoy, al igual que en otras épocas, el ruido también puede construirse y financiarse: la atención se disputa, se amplifica y hasta se compra, mientras temas de verdadero interés público corren el riesgo de quedar sepultados bajo aquello que logra sonar más fuerte.
La industria de hacer ruido
Muchas figuras han comprendido perfectamente cómo funciona esa maquinaria: el “tira y jala”, la declaración provocadora, la respuesta inmediata, la indirecta, la revelación personal y hasta los conflictos expuestos públicamente pueden transformarse en herramientas para permanecer visibles.
Se provoca para generar una reacción, la reacción genera comentarios, los comentarios producen alcance, el alcance alimenta la conversación y la conversación mantiene vigente al protagonista… hasta que aparece el próximo escándalo.
Podríamos pensar que se trata simplemente de entretenimiento y que cada persona tiene derecho a consumir aquello que prefiera. Y ciertamente es así, pero el problema comienza cuando la lógica del espectáculo invade la manera en que construimos nuestra agenda pública.
Creo que estamos en este espacio-tiempor en que la mayoría sabe más sobre la discusión entre dos figuras públicas que sobre una decisión que puede afectar nuestra economía; conoce cada detalle de una separación sentimental, pero desconoce una legislación que está siendo discutida; o dedica horas a interpretar una publicación en Instagram y apenas minutos a comprender acontecimientos que pueden tener consecuencias colectivas. Entonces ya no estamos hablando únicamente de entretenimiento sino de prioridades.
Una sociedad que reacciona a todo

El riesgo de vivir permanentemente expuestos al ruido no es solamente estar desinformados, es terminar informados de demasiadas cosas y conscientes de muy pocas porque recibir información no significa comprenderla.
Una sociedad sometida permanentemente al estímulo de la controversia puede acostumbrarse a reaccionar antes que analizar, compartir antes que verificar y opinar antes que entender… como está sucediendo.
Para un grupo importante de la sociedad ya todo necesita una respuesta inmediata, todo le provoca indignación o parece urgente. Y, paradójicamente, cuando todo es urgente, comenzamos a perder la capacidad de reconocer aquello que verdaderamente importa. Ese quizá sea uno de los mayores peligros de esta cultura del ruido: la saturación también distrae.
No siempre es necesario ocultar una información para restarle importancia, en ocasiones, basta con rodearla de tantos estímulos que termine perdiéndose entre ellos.
Nosotros también alimentamos el ruido
Sería muy cómodo responsabilizar únicamente a los algoritmos, a las figuras públicas que utilizan la controversia como estrategia o a quienes intentan posicionar determinadas conversaciones, pero existe otra parte de esta ecuación que debemos mirar.
Primero a nosotros, luego a los medios que convierten cada polémica digital en noticia, los comunicadores que amplificamos una controversia sin preguntarnos qué aporta, las plataformas que premian aquello que genera mayor reacción y también las audiencias que hacemos clic, comentamos, compartimos y mantenemos viva una conversación que muchas veces decimos rechazar.
Cada clic es también una decisión editorial individual y por eso necesitamos recuperar una pregunta sencilla que durante mucho tiempo formó parte esencial del ejercicio periodístico: ¿Por qué esto merece ser noticia?
Tenemos que entender y asumir que no porque algo sea tendencia significa que tenga relevancia, no porque miles de personas estén hablando de un tema significa que debamos convertirlo automáticamente en parte de la agenda informativa, pero tampoco significa que debamos ignorarlo porque las tendencias sociales dicen mucho sobre nosotros y también merecen ser observadas.
El desafío está en distinguir entre registrar un fenómeno y convertirnos en combustible de ese fenómeno.
Desde Encuentros Interactivos hemos insistido en que comunicar implica liderazgo, ética y responsabilidad. Hoy esa responsabilidad también exige aprender a administrar la atención porque seleccionar, jerarquizar, contextualizar y decidir qué amplificamos continúa siendo una de las funciones más importantes de la comunicación y los medios.
En medio de tantas voces intentando sonar más alto, quizás uno de nuestros mayores actos de responsabilidad profesional sea precisamente ese: no hacer más ruido, sino ayudar a distinguir lo importante dentro del ruido.








