El 25 de noviembre de este año, se cumplirán 25 años de la muerte de un Gran Maestro del Periodismo, Rafael Herrera Cabral. Don Rafael, como es recordado por todos, era un banilejo de pura cepa, nacido el 17 de julio de 1912.  

Herrera, un hombre de una inteligencia extraordinaria, estaba dotado de una personalidad atrayente, aunque informal, a través de la cual dejaba traslucir un espíritu rebelde y al propio tiempo una bondad sin límites, que demostró en más de una ocasión, al proteger y salvar vidas de perseguidos políticos durante uno de los tantos gobiernos del doctor Joaquín Balaguer. 

Apesar de que sirvió a Trujillo como traductor y diplomático, especialmente en las Naciones Unidas, anhelaba una sociedad democrática, bien informada, en la que cada dominicano estuviera consciente de sus derechos y deberes “con caridad para todos, sin malicia para nadie”. 

Monseñor Agripino Núñez Collado, obispo católico -a quien le unió una gran amistad- dijo -en una ocasión- que “don Rafael fue un singular autodidacta que ya traducía al español desde temprana edad, del inglés y del francés, llegando a convertirse en el mejor traductor de esa época por la amplitud del vocabulario y el admirable conocimiento de la lengua que empezó a adquirir leyendo una Biblia detrás de un mostrador”. 

El amor de Herrera por los libros era como un fanatismo. En el país, siempre iba a las librerías a comprar alguna obra. Si viajaba al extranjero, regresaba con muchísimos libros, especialmente sobre economía, cuyas variadas teorías memorizaba y le daban la base necesaria para discutir pública o privadamente con cualquier economista de Harvard o de Oxford. 

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Herrera no se limitaba, como algunos, a comprar libros para adornar una biblioteca, sino que realmente los leía, pues aprendió un método de lectura rápida que le permitía asimilar una página con solo darle un vistazo. 

Había algunas cosas que molestaban sobremanera a Herrera, como por ejemplo cuando un redactor, al describir el acto inaugural de una carretera o edificio, decía que “el presidente cortó la cinta simbólica”. “¿Simbólica de qué?”, se irritaba Herrera. “Cortó la cinta”, es lo que debió haber escrito”, corregía Herrera. 

En la misma forma en que Herrera concedía vital importancia al buen uso del idioma, hacía lo propio con el desarrollo de la cultura, que estimulaba con sus editoriales, y con los libros. En algunas Navidades proclamaba en un editorial: “Regale un litro, pero también regale un libro”. 

Herrera llegó a conformar una biblioteca con más de 7,000 volúmenes de caracteres económicos, políticos, educativos, religiosos, artísticos, filosóficos, sociológicos y literarios, que se complementaron con obras dedicadas por diversas personalidades. 

Herrera llegó a Santo Domingo en 1941, como traductor del Listín Diario, que finalmente dirigió. Más tarde sería redactor de La Nación, Jefe de Redacción del mismo periódico, Jefe de Redacción de El Caribe (1948) y ayudante del director del diario El Imparcial de Puerto Rico (1949-1955).

Entre 1956 y 1960 fue Director de El Caribe y en 1961 secretario de la Presidencia, y delegado de la República Dominicana a numerosas conferencias internacionales, especialmente ante reuniones de la UNESCO, para discutir la política de comunicaciones de ese organismo mundial. Fue galardonado con premios nacionales e internacionales por su labor periodística, aparte de que recibió condecoraciones del Gobierno Dominicano, de España y Francia. 

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Sin embargo, no todo  fue color de rosa en el ejercicio periodístico de Herrera, pues aparte de que se vio forzado, como casi todos los intelectuales dominicanos de su generación, a colaborar con Trujillo y su régimen despótico, en más de una oportunidad se le amenazó, se le intentó asesinar e incluso fue llevado ante los tribunales acusado de difamación e injuria, un espectáculo judicial de mal gusto montado por funcionarios allegados al entonces Presidente Joaquín Balaguer que no toleraban la independencia del periodista. 

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