Los medios de comunicación han sido considerados, desde su creación hasta nuestro presente, como instrumentos ideales para el entretenimiento, la información, la educación y orientación de numerosos públicos. Son los canales predilectos para promover ideas y filosofías, para posicionar y/o vender, a través de la publicidad, una marca: producto o servicio; para concienciar o también para condicionar al futuro elector de un candidato.
Las audiencias a las cuales se dirigen son cualitativa y cuantitativamente diferentes, y pueden ser divididas en grupos por edades, sexo, intereses y muchos otros renglones diferenciadores.
Conforme a un amplio estudio (2017) del Centro de Investigación de la Comunicación de la Fundación Global Democracia y Desarrollo (CIC-Funglode), en República Dominicana se producen 1,172 programas de televisión a través de 134 canales en 31 provincias del país.
Son 1,172 oportunidades para aportar contenidos que puedan orientar, informar y entretener a la ciudadanía a la cual está dirigida la programación. Más de mil oportunidades para hacer todo lo anterior o para frustrar, crear violencia, insensibilizar, maltratar, herir, infundir terror, miedo, desesperanza colectiva. Sí, porque eso hacen nuestros medios de comunicación, o bien un alto porcentaje de estos, hoy en día.
El cedazo
La falta de regulación, control y supervisión de quienes emiten juicios de valor, información o entretenimiento en los medios masivos, ha aventajado a quienes, sin pena ni gloria, destapan todo un arsenal putrefacto de palabras que deshonran el lenguaje, y que se difunden, sin asomo de criterio acerca del público al que está dirigiéndose, a cualquier hora y sin importar los efectos que genera en el receptor su producto.
Habrá, pues, quienes confundan el libertinaje que exhiben los medios hoy día, con «democracia» y hasta con «la libertad de expresión y difusión del pensamiento». Nada más errado.
A la televisión y la radio ingresa quien quiere, ya no solo quien puede. Los falsos informadores, aviesos, oportunistas y de verbo seductor, de lenguaje audaz, andan por doquier. Los sectores de poder ya no solo políticos sino también económicos, concentran una buena parte de sus recursos para captar a esos talentosos con acentuado poder de convencimiento, para ajustar una idea, por falsa que sea, y convertirla en una verdad santa y pulcra, a través de los medios.
Esa ausencia de criterio, compromiso, responsabilidad y respeto a las audiencias está generando contenido chatarra. Entonces, hablemos de la formación, no solo académica, sino humana, de quienes nos sirven contenido a través de los dos principales medios de comunicación masivos: radio y televisión.
En la actualidad, muchos no distinguen entre un buen comunicador, uno medio, uno malo o muy malo. Todos tienen su espacio y todos sus públicos. Pero, ¿qué hay de malo en ser bueno y parecer malo, o viceversa?
Es que los medios los conducen gente a quienes el público considera aptos, conocedores, formados; la gente supone como referentes de la verdad y de lo correcto a quienes tienen al otro lado de sus bocinas radiales o a quienes ven a través de la pantalla.
Sin embargo, mucho de esto es, precisamente, «pantalla». Detrás hay muchos simuladores, mentirosos, habilidosos, interesados; con un micrófono en las manos, con licencia para dañar.
El hombre o la mujer formados, que accede a los medios, conociendo la naturaleza de esta herramienta, su capacidad de alcance y su poder para transformar, convierte su uso en una especie de sacerdocio, un compromiso, entrega y esfuerzo por el bien colectivo.
Entre quienes comprenden los valores de la buena noticia, del sano entretenimiento, del efecto de una imagen y contenido depurados, y los que se trepan a los medios, buscando difundir la mentira, la sangre, el morbo y los pleitos en callejones; en el qué digo y cómo lo digo habrá de notarse una gran diferencia.
Los medios de comunicación deben comenzar a poblarse de comunicadores conscientes del papel que juegan ante la ciudadanía que los sigue. Que entiendan, como muchos hay, que el comunicar no se puede tomar a la ligera.
Desde la comunicación comprometida debemos advertir sobre quienes influyen de forma negativa. Debemos apostar por el dato sustentado en pruebas y no el rumor o el yo creo. Debemos elegir educar y orientar, antes que crear generaciones idiotizadas.Debemos incentivar el buen contenido; que la gente asuma con conciencia lo que recibe de los medios, que consuma una información que le aliente, le anime, le impulse, le motive a ser mejor ser humano y a sensibilizarse por sus iguales.







