Los ataques personales del presidente Donald Trump contra la periodista Kaitlan Collins han vuelto a colocar sobre la mesa la relación entre el poder político y la prensa en Estados Unidos, pero también la manera en que los periodistas responden cuando las críticas dejan de dirigirse a su trabajo y pasan al terreno personal.
Collins, de 34 años, corresponsal en jefe de CNN en la Casa Blanca y presentadora de The Source, se ha convertido en uno de los blancos frecuentes del mandatario, quien en diferentes ocasiones la ha descalificado por sus preguntas, sus reportajes e incluso por su apariencia y expresión facial.
Uno de los episodios más recientes ocurrió durante la gala de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, celebrada el 24 de julio, donde Trump volvió a referirse públicamente a la periodista después de que esta recibiera un reconocimiento por su cobertura del intercambio entre el mandatario estadounidense y el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski.
Frente a las provocaciones, Collins ha optado por evitar que su reacción personal se convierta en el centro de la historia.
“En realidad no se trata de mí, y no quiero que el foco esté en mi reacción”, explicó posteriormente durante una entrevista en The Daily Show. Su planteamiento ha sido devolver la atención al trabajo periodístico, las preguntas formuladas y las respuestas que no se obtienen.
Una relación marcada por los enfrentamientos
Los desencuentros entre Collins y Trump se remontan a la primera administración del republicano.
La periodista comenzó su carrera en Washington en 2014 y posteriormente trabajó en The Daily Caller, donde llegó a desempeñarse como corresponsal en la Casa Blanca. CNN la contrató en 2017 para incorporarse a su cobertura presidencial.
En julio de 2018, después de preguntar a Trump sobre el presidente ruso Vladimir Putin y su exabogado Michael Cohen durante un encuentro en el Salón Oval, Collins fue excluida de otro evento de la Casa Blanca ese mismo día. Funcionarios alegaron entonces que sus preguntas habían sido “inapropiadas para ese escenario”.
Su carrera continuó en ascenso y en 2021, con 28 años, se convirtió en la corresponsal principal de CNN en la Casa Blanca más joven hasta ese momento.
Durante el segundo mandato de Trump, los enfrentamientos se han intensificado. El mandatario la ha llamado “estúpida y desagradable”, ha cuestionado reiteradamente que “nunca sonríe” y ha llegado a afirmar que tiene “odio en la mirada”.
También la atacó después de que preguntara qué les diría a las víctimas de Jeffrey Epstein. En aquella ocasión, Trump respondió calificándola como “la peor periodista” antes de criticar nuevamente a CNN.
Las preguntas por encima de la confrontación
La respuesta de Collins frente a estos episodios plantea una cuestión relevante para el ejercicio periodístico: cómo evitar que una confrontación personal con una figura de poder desplace el asunto que originó la pregunta.
La periodista ha explicado que considera más efectivo recordar al público el trabajo realizado y las interrogantes que permanecen sin contestar, en lugar de entrar en un intercambio de reproches con el presidente.
Su postura también ha recibido respaldo dentro de CNN. El veterano periodista Wolf Blitzer, quien le entregó el reconocimiento de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, salió públicamente en su defensa tras los comentarios realizados por Trump.
El caso de Collins se inscribe además en una relación de permanente tensión entre el mandatario y diferentes medios estadounidenses. Trump mantiene desde hace años una confrontación abierta con CNN y otras organizaciones periodísticas, a las que acusa de ofrecer una cobertura negativa y de difundir “noticias falsas”.
En medio de esa confrontación, Collins insiste en una idea esencial para su ejercicio profesional: el periodista no debe convertirse en la noticia cuando la pregunta de interés público sigue esperando una respuesta.







