La inteligencia artificial está dejando de ser únicamente una herramienta para automatizar tareas o aumentar la productividad. Para una parte de los trabajadores más jóvenes, también se ha convertido en una especie de respaldo profesional que ayuda a reducir la inseguridad, responder a mayores exigencias y proyectar una sensación de competencia en el entorno laboral.
Así lo plantea un estudio de MyIQ realizado entre 8,240 trabajadores de Estados Unidos, Reino Unido, Europa, América Latina y Australia. Entre los participantes de la Generación Z, de entre 18 y 28 años, el 46 % afirmó utilizar herramientas de inteligencia artificial para realizar tareas que considera difíciles de completar por cuenta propia.
El dato adquiere otra dimensión al observar que el 31 % de estos trabajadores asegura que la IA le ayuda a parecer más competente o eficiente de lo que realmente se siente.
Más que una cuestión exclusivamente tecnológica, los resultados apuntan a una relación entre el uso de estas herramientas, la confianza profesional y las expectativas de desempeño que enfrentan las nuevas generaciones.
En los espacios de trabajo, la rapidez de respuesta, la calidad de una presentación y la capacidad para producir contenidos con fluidez pueden convertirse en señales visibles de competencia. En este escenario, las herramientas de IA funcionan para algunos empleados como una capa de apoyo que reduce la incertidumbre y facilita tareas que deben realizar bajo presión.
Preparar una presentación, redactar un correo, elaborar un informe, resumir una reunión o estructurar una carga de trabajo son actividades en las que los trabajadores jóvenes encuentran apoyo frecuente en estas tecnologías.
El estudio señala que muchos participantes no recurren a la IA porque carezcan de las habilidades fundamentales para realizar sus funciones, sino porque las herramientas reducen el tiempo y la fricción necesarios para completar determinadas tareas.
La percepción de dependencia también está presente. El 39 % de los trabajadores más jóvenes teme que sus compañeros los juzguen negativamente si conocieran el alcance de su utilización de IA. Al mismo tiempo, el 44 % del total de los encuestados afirma que le preocuparía quedarse profesionalmente rezagado si dejara de utilizar estas herramientas con regularidad.
La incorporación de la inteligencia artificial parece estar acompañada por una transformación en las expectativas laborales. El 52 % de los trabajadores consultados considera que las exigencias profesionales han aumentado desde que las herramientas de IA comenzaron a ser más habituales en sus sectores.
Entre las presiones mencionadas aparecen los plazos más cortos, la expectativa de responder con mayor rapidez y la percepción de que ahora es posible producir una mayor cantidad de trabajo en menos tiempo.
Esta situación puede resultar especialmente significativa para quienes se incorporan a entornos profesionales donde la productividad es constantemente visible y comparada. Para estos trabajadores, la velocidad puede llegar a confundirse con experiencia y la capacidad de responder inmediatamente puede convertirse en una expectativa permanente.
La IA permite reducir esa brecha entre lo que un trabajador sabe hacer y lo rápido que puede producir un resultado terminado. Pero también plantea una nueva paradoja: si la tecnología permite que todos trabajen más rápido, esa nueva velocidad puede convertirse, a su vez, en el estándar mínimo esperado.
La investigación identifica diferencias importantes entre generaciones. Los trabajadores de la Generación Z reportaron niveles más altos de dependencia de herramientas de IA que los grupos de mayor edad, particularmente para tareas relacionadas con redacción, generación de ideas, comunicación y organización del trabajo.
Entre los participantes mayores de 40 años, la IA fue descrita con mayor frecuencia como una herramienta complementaria. Los trabajadores más jóvenes, en cambio, tienden a integrarla directamente en la manera en que organizan y ejecutan sus responsabilidades cotidianas.
Esta diferencia también puede explicarse por el momento en que cada generación está incorporando la tecnología a su vida profesional. Para quienes ingresan ahora al mercado laboral, las herramientas de inteligencia artificial ya forman parte del ecosistema digital en el que se desarrollan sus primeros años de carrera.
El resultado es una relación distinta con la tecnología: para algunos trabajadores jóvenes, trabajar sin IA puede llegar a sentirse como una desventaja profesional, especialmente cuando perciben que sus compañeros o sus organizaciones esperan resultados cada vez más rápidos.
Sarah Meyer, de MyIQ, considera que los resultados reflejan un cambio en la forma en que los trabajadores experimentan su capacidad profesional.
“La IA ya no solo mejora la productividad. Para muchos trabajadores jóvenes, se ha convertido en parte de la forma en que logran mantenerse al ritmo y bajo la visibilidad constante del trabajo moderno”, señaló.
Meyer también apunta a una cultura laboral en la que la capacidad de respuesta, la presentación de los resultados y el volumen de producción pueden interpretarse como indicadores de competencia, independientemente del nivel de asistencia tecnológica utilizado para conseguirlos.
“Existe una presión creciente por parecer constantemente ágiles, receptivos y capaces en todo momento. Muchos trabajadores recurren a la IA no porque no puedan hacer su trabajo, sino porque sienten que no pueden permitirse quedarse atrás”, explicó.
El fenómeno abre una discusión sobre la diferencia entre habilidad, rendimiento y resultado. Una persona puede tener los conocimientos necesarios para resolver una tarea, pero utilizar IA para ejecutarla con mayor rapidez o presentar el resultado de una manera más pulida. El problema surge cuando las organizaciones comienzan a valorar únicamente el producto final y pierden de vista las capacidades que existen detrás de él.
La expansión de la IA generativa ocurre mientras numerosas empresas incorporan estas herramientas a procesos cotidianos sin que necesariamente existan normas culturales claras sobre su utilización, divulgación o nivel de dependencia aceptable.
El estudio de MyIQ no mide directamente los resultados de productividad ni permite establecer una relación causal entre el uso de IA y la confianza laboral. Sin embargo, sus datos muestran que estas herramientas ya están modificando la experiencia profesional de una parte de los trabajadores, especialmente de quienes pertenecen a la Generación Z.
La cuestión, por tanto, puede dejar de ser si los empleados utilizan inteligencia artificial —una práctica que probablemente seguirá extendiéndose— para centrarse en cómo se utiliza, qué competencias continúan siendo indispensables y qué significa realmente ser competente en un entorno laboral asistido por tecnología.
Para las organizaciones, esto supone un desafío que va más allá de capacitar a sus equipos en nuevas herramientas. También implica revisar sus expectativas de productividad, establecer criterios transparentes sobre el uso de IA y evitar que la velocidad de respuesta se convierta en el único indicador de desempeño.
Para los trabajadores jóvenes, tanto, la tecnología puede representar una herramienta para ganar seguridad y desenvolverse en ambientes laborales exigentes, pero también puede generar una dependencia que haga más difícil distinguir entre la confianza propia y la confianza que proporciona una herramienta.
En la medida en que la inteligencia artificial se integre cada vez más en el trabajo cotidiano, esa frontera será uno de los nuevos debates sobre talento, liderazgo y desarrollo profesional.














