Young decorator with papers choosing color for project

Hace unos días, en una actividad profesional, una colega y yo conversábamos sobre el fenómeno de los creadores de contenido. Al hablar del tema, le mencioné a una joven que se había hecho popular en redes sociales simplemente compartiendo su día a día con sus mascotas. Su contenido, aunque genuino y entretenido, representa una tendencia creciente hacia lo trivial y superficial en el mundo digital.

Como periodistas y comunicadores, es frustrante ver cómo el esfuerzo dedicado a construir un contenido de valor y profundidad queda opacado por la popularidad de elementos que aportan poco a nivel informativo o educativo.

Vivimos en una era donde cualquiera con un teléfono y una cuenta en redes sociales puede convertirse en “creador de contenido”. Lo que en teoría es democratización de la información, en la práctica muchas veces se traduce en una competencia desleal entre contenido de valor y contenido vacío, superficial y de consumo fácil.

Esto afecta la calidad de lo que se consume y pone en jaque el papel de aquellos que se han preparado para informar y educar. Hoy en día, la monetización de lo banal parece ser más lucrativa que el contenido bien fundamentado y valioso.

Sin embargo, esto no es solo una cuestión de competencia entre creadores de contenido y periodistas. En el fondo, refleja una problemática social mucho más compleja: la búsqueda de entretenimiento y desconexión frente a la profundidad y el análisis. La audiencia ha ido transformando sus hábitos de consumo hacia lo fácil, lo rápido, lo que no requiere cuestionamientos ni profundidad. En lugar de consumir información que nos haga reflexionar, cuestionar y crecer, nos dejamos seducir por contenido que simplemente entretiene y poco más.

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El problema, sin embargo, no recae solo en los creadores de contenido; es un tema que como sociedad debemos abordar. Es cierto que cada persona elige qué contenido consumir, y también es cierto que las plataformas han sabido moldear estos hábitos, priorizando la viralidad sobre la veracidad, y el entretenimiento sobre la educación.

Nos estamos alejando de un consumo consciente de información y, en cambio, estamos construyendo una cultura digital que tiende a favorecer lo inmediato, sin profundidad ni valor real. Dicho de otra forma: somos lo que consumimos.

Para rescatar el valor del contenido digital, necesitamos ser más críticos como consumidores. Antes de dar un «me gusta» o de compartir una publicación, cuestionémonos el impacto de ese contenido, el valor que aporta, su veracidad y el mensaje que transmite.

Como creadores, comunicadores y periodistas, nuestra labor va más allá de adaptarnos a las tendencias: es necesario mantenernos fieles a nuestro propósito de aportar valor, aunque eso signifique no siempre ser los más populares. Es hora de plantear un cambio en la forma en que creamos y consumimos información digital, y reflexionar sobre el impacto que el contenido superficial puede tener en nuestra sociedad y nuestra cultura.

Los creadores de contenido tienen un papel importante en la cultura actual, y, sin duda, es posible crear material atractivo sin dejar de lado el valor y la profundidad. Rescatemos, como comunicadores y como sociedad, la relevancia de un contenido que no solo distraiga, sino que enriquezca. Porque, en última instancia, un contenido sin valor es ruido en un mar de información. Y hoy más que nunca, necesitamos menos ruido y más propósito.

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