Cada 5 de abril, cuando en República Dominicana se celebra el Día Nacional del Periodista, vuelven a la memoria nombres que no solo llenaron titulares, sino que escribieron con sus vidas las páginas más valientes, éticas y comprometidas del oficio.
Hombres y mujeres que entendieron que el periodismo no es un trabajo, es una vocación. Que una pluma puede ser tan poderosa como una espada… o incluso más.
Mucho antes de que existieran las redes sociales o la libertad de prensa estuviera consagrada en la Constitución, hubo dominicanos que arriesgaron todo -vida, familia, libertad- para contar lo que la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo intentaba ocultar.
Desde la clandestinidad, elaboraban y distribuían boletines que denunciaban los abusos del régimen, desafiando el silencio impuesto por el miedo… esos boletines, mecanografiados de noche y repartidos en secreto por estudiantes, intelectuales y activistas, fueron también una forma de periodismo, quizá la más pura: la que nace del deber y no del reconocimiento.
Un eco que no se apaga
Es propicio el tiempo para entender o recordar que esa llama no se encendió sola, porque ha pasado de mano en mano, como si fuera la antorcha olímpica, de tantos hombres y mujeres que, sin saberlo, estaban sentando los cimientos de ese periodismo puro, ese que denuncia, pero que también cambia.
Porque el verdadeo periodismo cambia realidades, conmueve conciencias, levanta verdades entre el ruido, y se convierte en un faro en medio de la oscuridad. Hoy más que nunca, ese fuego nos llama a no olvidar que ejercer el periodismo con ética y compromiso no es una opción, sino una responsabilidad con la historia, con la verdad y con la gente.
Hay muchos nombres que mencionar que han limpiado el camino con su accionary legado, hombres como Federico Henríquez y Carvajal, patriota y pensador que hizo del periodismo un instrumento de nación, un espacio para la crítica constructiva y la defensa de la libertad.
O como Arturo J. Pellerano Alfau, fundador del Listín Diario, que defendió la independencia editorial frente a las presiones de regímenes autoritarios, dejando claro que el buen periodismo no se vende ni se doblega. Que decir de Germán Emilio Ornes Coiscou, otra de las voces más valientes contra la tiranía, que inició como reportero de La Nación y La Hora del Pueblo, los espacios que creó fueron trincheras de ideas que enfrentaron de frente al poder absoluto.
Junto a ellos, el nombre de Rafael Molina Morillo se escribe en la historia de nuestra prensa como fundador del periódico El Nacional y de la revista Ahora, donde creó espacios de pensamiento, crítica y pluralidad en medio de un país en transición. Su visión moderna del periodismo y su defensa de los derechos humanos lo convierten en uno de los pilares del periodismo dominicano contemporáneo.
En la línea de compromiso radical con la verdad se inscribe Orlando Martínez, asesinado el 17 de marzo de 1975 por atreverse a decir lo que otros callaban. Con su columna Microscopio, en la revista Ahora, Martínez enfrentó la represión con palabras firmes y argumentos contundentes. Su muerte no logró silenciarlo: su voz sigue resonando como símbolo del periodista que se entrega por completo a la verdad.
Recordemos también a Radhamés Gómez Pepín una figura recia en la redacción que tuve el honor de conocer en mi paso por El Nacional. Con su voz grave y su estilo directo, se convirtió en referente de la prensa libre. Ni hablar de su esperada columna, donde decía lo que muchos pensaban, pero no se atrevían a escribir. Radhamés no necesitaba gritar: su autoridad moral lo hacía sonar fuerte, aun en silencio.
Y qué decir de César Herrera Cabral, cuyo legado sigue presente en la enseñanza y en el recuerdo de quienes aprendieron de su rigor, su humildad y su convicción de que el periodista no está por encima de la historia, sino dentro de ella.
Hoy podemos recordar muchos nombres, pero en mi listado quiero resaltar a Luis Augusto Caminero, que desde su rol de gestor cultural y cronista social, también entendió que el periodismo se debe a su tiempo, y que contar la vida de los otros es un ejercicio de respeto, detalle y sensibilidad.
El espejo del mundo
Más allá de nuestras fronteras, también hay nombres que iluminaron el camino. El polaco Ryszard Kapuściński, maestro del periodismo literario, enseñó que se puede escribir como poeta sin perder el rigor del reportero. Recorrió guerras, miserias y revoluciones, y siempre habló desde la compasión.
O el norteamericano Walter Cronkite, con su rostro sereno en la pantalla, fue durante décadas la voz más confiable de Estados Unidos. Cuando él decía “Así son las cosas”, el país lo creía. Porque no se vendía, no adornaba, no callaba.
También muchos hemos leído de la rusa Anna Politkóvskaya que pagó con su vida el precio de decir la verdad. Su denuncia de las atrocidades en Chechenia y su valentía al enfrentar al poder desde la prensa independiente, la convirtió en símbolo del periodismo que no negocia su alma.
El mapa del periodista verdadero
¿Qué tienen en común estos nombres? ¿Qué los convierte en referentes más allá del tiempo? La respuesta no está en sus cargos ni en los premios que recibieron, sino en los valores que los guiaron y las destrezas que cultivaron.
Un buen periodista -como ellos lo fueron- necesita ética, porque la verdad no se negocia. Requiere valentía, para hacer las preguntas incómodas, y compromiso social, para entender que la noticia más importante es la que impacta la vida de la gente.
Debe tener independencia, para informar sin ataduras, y pasión por la verdad, porque sin ella no hay periodismo. Pero también necesita curiosidad, sentido crítico, claridad en la escritura, capacidad de análisis, empatía y una formación sólida.
Un periodista que no investiga, no compara, no duda, no pregunta… es apenas un repetidor de lo que otros dicen.
Una profesión que aún importa
En tiempos donde la velocidad le gana a la profundidad y donde las redes sociales han convertido a todos en emisores, el periodista sigue siendo necesario. No como dueño de la verdad, sino como buscador de ella, como filtro, conciencia y contador de lo que realmente importa.
El periodismo no morirá mientras haya personas que, como aquellos que ya partieron, entiendan que su voz tiene un propósito y su oficio, una misión.
Por eso, este Día del Periodista no es solo un homenaje. Es también una pregunta abierta: ¿Estamos honrando el legado que nos dejaron? ¿Estamos siendo los periodistas que el país y el mundo merecen?







