Las aplicaciones de inteligencia artificial (IA) han concitado la atención de los usuarios de
internet en los últimos meses. No es para menos, pues el creciente uso de tecnologías
como la realidad aumentada y servicios ya famosos como ChatGTP de OpenAI y Magic
Avatars de Lensa, han reavivado un clásico debate: ¿llegará el día en el que la tecnología
sustituirá por completo al ser humano?

La respuesta definitiva no la tenemos, lo que sí sabemos a ciencia cierta es que la IA
necesita la intervención del ser humano y tal es el caso de la llamada inteligencia artificial
conversacional, que permite a estos sistemas realizar tareas, que van desde la traducción
hasta la generación de textos e imágenes, a partir de una instrucción o mandato.

Esta tecnología está basada en el aprendizaje acumulado que le permite “entrenarse” para
entender y responder con mayor precisión a cada indicación que hacemos a la aplicación. Y
esa es precisamente la clave en todos estos sistemas: se necesita un contexto en cada
mandato.

Cada usuario tiene requerimientos particulares, condicionantes específicas, circunstancias y barreras de comunicación que construyen distintos contextos. Este grupo de factores y elementos que dan paso a esa construcción lingüística es lo que hace que los resultados de estas aplicaciones sean más o menos eficientes.

Proveer un contexto tiene fundamental importancia en la comunicación, pues es el eje que organiza y da estructura a un mensaje, aporta claridad y facilita que ese mensaje se
transmita lo menos distorsionado posible.

Como no miramos a través del mismo cristal y cada perspectiva puede sugerir
interpretaciones distintas de un mensaje, codificar correctamente el mandato adquiere
particular relevancia en este entorno tecnológico.

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El contexto es el punto de partida de un mensaje, es la guía para hacerlo entendible y
personalizado, ya sea en el ecosistema tecnológico que nos rodea o fuera de él. Este factor
sumado a otros, propios del proceso humano de comunicación, advierten un panorama más
dilatado, en cuanto a autonomía de la tecnología, de lo que parece.

Más allá del furor de la novedad, quienes diseñamos estrategias de comunicación
conocemos la importancia que tiene la generación de contenidos, es un pilar en la ruta hacia la consecución de los objetivos y en la resolución de retos comunicacionales, pero
existen otros componentes para que ese engranaje cumpla su cometido.

El diseño de una estrategia de comunicación amerita observación y análisis, requiere
conocer y comprender muchos aspectos e intríngulis de una empresa, de la marca, del
mercado y la dinámica competitiva, de las necesidades, las aspiraciones y comportamientos
de sus consumidores y potenciales clientes. Cada cabeza es un mundo, cada marca y
mercado también. Un mundo en el que convergen factores sociales, políticos, geográficos,
económicos y culturales, que aún no es posible sintetizar en un comando a una aplicación
tecnológica.

La tecnología ha resuelto magistralmente una multiplicidad de tareas vinculadas al ámbito de la comunicación estratégica como son la búsqueda, investigación, procesamiento, clasificación y presentación de la información, estructuración y análisis de datos entre otras tantas soluciones que facilitan nuestra labor.

No podemos ser del todo escépticos, no es necesario abordar ningún debate para
comprender que los avances nos guían hacia un ecosistema tecnológico cada vez más
automatizado y eficiente, aunque por el momento, la inteligencia artificial seguirá
necesitando del input humano.

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