Crítica y autocrítica son palabras que podríamos considerar como escabrosas, pues, si no tenemos inteligencia emocional, pueden hacernos subir a la montaña y brillar con luz propia o simplemente sumergirnos en el abismo más oscuro del resentimiento y la queja.
La definición que podemos leer en la RAE sobre la crítica hace referencia al análisis pormenorizado de algo que es valorado según los criterios de cada persona, pero también comparten una segunda definición que la describe como hablar mal de alguien o de algo, señalar un defecto o tachar ajenos. En este último se quedan anclados la mayoría de las personas.
Si nos vamos a buscar la explicación de autocrítica hace referencia al juicio crítico que se realiza sobre obras o comportamientos propios. Y, aunque no lo pensemos o creamos así, el ser humano tiene constantemente un diálogo interno o conversaciones con él mismo en el que muchas veces se critica de forma automática y sin apenas ser consciente de ello.
Si nos sentamos a analizar ambas palabras y vemos nuestro entorno podríamos ver infinidad de aplicaciones según el número de personas que decidamos observar. Sin embargo, lo que queremos lograr en estas líneas es que entendamos que ambas acciones son inevitables en nuestro día a día, todavía más en el ámbito de la comunicación.
Y si son inevitables (forma parte de nuestra naturaleza), es esencial que lo hagamos desde la consciencia y con responsabilidad. Haciendo un ejercicio titánico de ser impecables con nuestros criterios y palabras, recordando que “con las varas que midamos seremos medidos”. Tanto si lo hacemos con nosotros (autocrítica) como si lo hacemos para los demás (crítica) preguntémonos cómo nuestras palabras pueden ayudarnos a crecer, en ambas vías y cómo nuestras acciones pueden hacer la diferencia e impactar positivamente a los demás.
Como comunicadores manejamos ciertos códigos, tenemos formación y poder de expresión. A veces de manera natural y otras por aprendizaje, se nos facilita hablar y llegar a las personas. Ya sea a través de los medios tradicionales como por los medios digitales y redes sociales, tenemos un mayor alcance que el común de las personas. Es nuestro compromiso tratar de expresarnos lo más correctamente posible y ser ejemplos.
Podemos criticar, es nuestro deber hacerlo, pero hacerlo desde la dinámica del crecimiento, con el objetivo de lograr cambios positivos en los demás y la comunidad. El hacerlo y cómo hacerlo debe ser un ejercicio que se tiene que alejar, sí o sí, de nuestro ego, del deseo de visibilidad o de dañar a terceros.
Como comunicadores tenemos herramientas poderosas que, según el uso que le demos, pueden impactar positiva o negativamente… y ya no estamos limitados a nuestro país, pues ya somos parte de una aldea global. Pero, en ese ejercicio de la crítica, también debemos autocriticarnos, buscar la viga en nuestro ojo y no la paja en el ajeno.
Leí por ahí que “a la gente no le gusta que les recuerden sus miserias”, y es que, en la mayoría de los casos, no queremos lidiar con nuestros errores y ocularlo a los ojos de los demás. Y los comunicadores, en especial los que han elegido la carrera de periodismo, es lo que hacen la mayor parte del tiempo: decir lo que está pasando, ya sea que te guste o o lo que estás leyendo o escuchando.
Pero el mensaje que quiero llevar con este editorial no es que no hagamos nuestro trabajo de informar, escudriñar y mostrar lo que acontece… es que lo hagamos de la perspectiva del crecimiento. Que desde nuestra tribuna, hagamos el ejercicio de aportar, de autocriticarnos con consciencia para ser mejores y de aportar críticas encaminadas a lograr el bien común.







