La credibilidad es un factor de vital importancia en la relación entre el periodista y el público lector, y a la vez, es extremadamente frágil. Aún en épocas de grandes conflictos, se dice que lo primero que muere en la guerra es la verdad.
Hoy en día, con la proliferación de cámaras en los bolsillos de casi todos, la lucha por la primicia ha llegado a extremos ridículos y deshumanizantes. En su afán por conseguir la nota sensacional, muchas personas filman el sufrimiento y la agonía sin reaccionar con empatía. A menudo, las noticias se transmiten sin verificar su veracidad, contribuyendo así a la desinformación generalizada.
La dificultad del sensacionalismo existe dondequiera que haya noticias y periodistas. En mi opinión, el mayor problema radica en la inmensidad de la generación de «noticias» que el sensacionalismo cultural promueve. Un segmento minoritario de la población se esfuerza por confirmar la veracidad y calidad de la fuente antes de retransmitir la información; sin embargo, la mayoría da por cierto cuanto recibe y lo propaga, contribuyendo a la desinformación.
Para el periodista, cuidarse de esta tendencia debe ser la mayor preocupación profesional, ya que envuelve su prestigio y la confianza del público. El sensacionalismo periodístico es siempre perjudicial porque, en el fondo, nunca persigue informar correctamente al público; su objetivo principal es utilizar al público para fines personales y/o empresariales, generalmente con el fin de monetizar cada vez más.
Esta realidad se ha exacerbado con el impacto de las redes sociales, una herramienta «informativa-desinformativa» que permite decirlo todo sin regulación ni límites. Por eso, suelo tomar con pinzas las «investigaciones» sesgadas, que a menudo presentan como fundamental lo poco importante para opacar e invisibilizar lo realmente trascendente. Un ejemplo claro es la participación protagónica de sectores no oficiales en la corrupción administrativa y su impunidad.
No es coincidencia que los sensacionalistas, después de alcanzar su meta, se replieguen e incluso se retiren del ejercicio periodístico, evitando así criticar los «errores enmendables» de sus protegidos. En muchos casos, el sensacionalismo se enfoca en propósitos extorsionantes, cooptando a los «investigados». Este tipo de periodismo, temerario y muchas veces cruel, puede exponer a sus autores a posibles reacciones violentas, como en el caso de Junior Ramírez, o destruir injustamente reputaciones bien ganadas.
Esta práctica, divorciada de la deontología periodística, ha dado origen al fenómeno de los «periodistas millonarios». Estos individuos consiguen altos ratings o un posicionamiento favorable en un público principalmente morboso, así como el temor de aquellos que son objeto de sus ataques. En este contexto, el sensacionalismo es la antítesis de la credibilidad.
La credibilidad debería ser la mayor preocupación de un periodista, ya que su prestigio y la confianza del público dependen de la exactitud de la información que presentan. A diferencia del sensacionalismo, la credibilidad se construye con información verificada y de calidad, respetando siempre la verdad y la ética profesional. En tiempos de sensacionalismo desenfrenado, es esencial que los periodistas se esfuercen por mantener la credibilidad como su principal objetivo. Esto no solo les beneficiará profesionalmente, sino que también contribuirá a una sociedad mejor informada y más justa. La credibilidad es la base sobre la que se construye la confianza del público, y sin ella, el periodismo pierde su propósito fundamental.
Por consiguiente, considero que este artículo nos lleva a la reflexión. Se requiere del compromiso de los periodistas, la responsabilidad de los ciudadanos y la población interesada en distintos temas, y, claro está, de la voluntad de las instituciones para defender la verdad.







