Los periódicos no son literatura. Pero tampoco lo es la mayor parte de la literatura. Escribir para los periódicos es distinto de escribir una novela o un relato corto, pero no tan distinto como a algunos les gusta creer. La buena escritura de cualquier tipo tiene unas características que la distinguen. Es clara, fácil de leer, emplea un lenguaje fresco, estimula y entretiene. Cualidades todas ellas que comparten una crónica periodística bien escrita y una novela bien escrita. Y que deben estar presentes sea cual sea la lengua en que se escribe.
Y ahora una mala noticia. Aprender a escribir es una labor ardua y solitaria. Todos conocemos a personas que afirman que desean escribir. Muchas veces, el único deseo de esas personas es presumir de que son escritores. Y lo que no quieren de ninguna manera es pegarse al asiento y no levantarse hasta haber cubierto de palabras una cuartilla o una pantalla de ordenador. Pero eso es lo que hay que hacer. Una y otra vez. La manera de progresar y desarrollar el talento que se pueda tener no es otra que escribir centenares y centenares de informaciones y cometer errores. Omitiremos aspectos de vital importancia e incluiremos otros que no hacen al caso; al tener mediado un texto, descubriremos que está mal encaminado y deberemos comenzarlo desde cero; escribiremos con torpeza, con pomposidad o con rigidez; entregaremos noticias confusas o irrelevantes; y pondremos sobre el papel o la pantalla párrafos enteros tan absurdos que, si tuviéramos que leerlos en voz alta, nos producirían tanta vergüenza que la voz se nos ahogaría a media frase.
Y ahora, las buenas noticias. Con el tiempo, a base de estar en un buen periódico y de mantener los oídos bien abiertos, a base de estudiar materiales buenos y malos, y de hacernos una autocrítica implacable, comenzaremos a vislumbrar el camino. Todavía habrá ocasiones en que alguna información se nos resistirá; pero, en general, cuanto más se escribe, mayor fluidez se adquiere. La escritura es como un músculo y se fortalecerá si se ejercita día tras día; así se llegará a perder menos tiempo con salidas en falso y siguiendo rutas equivocadas o escribiendo textos con un ritmo inadecuado para su longitud final; y se perderán menos energías tratando de idear frases retorcidas cuando puede quedar mejor una frase sencilla.
Se descubrirá, además, un elemento esencial sin el cual nadie puede llamarse a sí mismo escritor: la propia voz. Se dejará de experimentar con estilos demasiado elaborados, demasiado formales o coloquiales en exceso. El periodista habrá dado con un estilo espontáneo que se adapta a su forma de ser, que es coherente, está dotado de ritmos y expresiones que se reconocen como propios y que si se lee en voz alta, y esta es la prueba de fuego, sonará como una versión levemente pulida de su forma de hablar. Será su propio estilo. No será artificial ni afectado, ni tampoco una imitación. Como es lógico, en él se detectará la huella de los escritores admirados por el periodista, de su pasado, su educación, sus lecturas, etcétera. Pero estará basado en el empleo personal que él haga de los vocablos y los modismos, así como en su particular manera de construir frases de determinada longitud. Esta y el ritmo interno de las frases y los párrafos serán una especie de firma. Aunque más legible.
La planificación
Lo que sucede en la mente de un periodista entre el momento en que concluye una investigación y el de escribir la primera palabra de una información es el elemento fundamental de la escritura. Es entonces cuando hay que pensar sobre el material que se posee y decidir sobre qué trata y qué se quiere hacer con él. Redactar un texto no sólo consiste en ordenar las palabras, sino en organizar los pensamientos. Aunque se sea un genio para la creación de frases coloristas y comentarios ingeniosos, si no se tiene una idea clara de lo que se pretende decir, será imposible ocultarlo.
Organizar las ideas es fácil cuando se trata de informar sobre una catástrofe o de transmitir una noticia breve y directa, mas en su mayor parte el periodismo no es así. Las informaciones son complejas y pueden no poseer tanta fuerza como nos gustaría; otras veces tendremos que escribir reportajes largos que abarquen muchos aspectos diversos o artículos de encargo en cuyo contenido quizá no descubramos nada de gran interés para el lector.
Una cuestión importante es decidir sobre qué trata en realidad una información; algo que no siempre es evidente de entrada. La otra cuestión sobre la que hay que adoptar una decisión es el tratamiento que se va a dar a una información. ¿Es una noticia de gran impacto? ¿O es una noticia poco relevante o, tal vez, de leve interés humano? ¿Se narrará cronológicamente o tratando cada aspecto por separado? Todas estas formas de enfrentarse a una información (y hay muchas más) influyen en su construcción, en la estructura general que debe establecerse antes de redactarla.
La claridad
Toda historia debe ser clara en su concepción, su organización y su expresión lingüística. Si no lo es, habrá que volver a concebirla o a escribirla. No soy yo el único que opina así. El novelista francés Stendhal afirmó: «Sólo conozco una regla: ser claro. Si no soy claro, todo mi mundo se desmorona».
La prensa se lee muchas veces en un entorno ruidoso y poco apto para la concentración, y las personas que la leen suelen andar escasas de tiempo y poseer otros medios más fáciles, aunque inferiores, para informarse de la actualidad. Formarse una idea clara de conjunto antes de poner por escrito una sola palabra. Para explicar algo a los demás, antes hay que comprenderlo a fondo. Se debe evitar el estilo y lenguaje intrincados Cualquier estilo forzadamente ingenioso será forzosamente malo. El objetivo de escribir es comunicar algo a los demás y no guardárnoslo para nosotros. Quien se descubra escribiendo una frase rimbombante de la que se siente muy orgulloso, hará bien en borrarla.
La frescura del lenguaje
El objetivo básico de la prensa escrita es ofrecer a los lectores algo que no poseían antes: información, análisis, observaciones, pensamientos. Así pues, sería una verdadera lástima ofrecerles algo nuevo escrito en un lenguaje rancio y desgastado por el exceso de uso. Quien así lo haga se expone a no alcanzar el impacto deseado y a que los lectores reciban la impresión de que hasta el más novedoso de los materiales les suena conocido.
Se debe considerar cada información como algo nuevo e individual, no hay que caer en la trampa de escribir ateniéndose a fórmulas establecidas. Los reporteros deben ver y contar cada historia como si fuera la primera vez que se enfrentan a ella. En este sentido, hay que extremar las precauciones cuando un texto parece escribirse por sí solo. Cuando algo así nos ocurra, tendremos que detenernos, comenzar a pensar y tomar las riendas de la escritura. Evitar los clichés, estas son palabras y expresiones que suenan conocidas, demasiado conocidas, de manera que reconocerlas no plantea ningún problema.
Una buena norma es considerar que toda palabra de la que se sospeche que es un cliché, lo es sin lugar a duda, y por tanto debe suprimirse. De manera instintiva, los reporteros suelen unir a ciertos nombres determinados adjetivos. Todos los negocios son «grandes», todos los informes «alarmantes», todos los asesinatos «brutales», todas las inquietudes «generalizadas» y todas las necesidades «apremiantes». Algunos adjetivos se han convertido en una suerte de parásitos que habitan en un nombre-huésped y, por exceso de uso, esas descripciones han dejado de causar efecto.
La veracidad
Algunos elementos inherentes al proceso del periodismo militan en contra de la veracidad. La falta de tiempo para cotejar una versión exhaustiva de los hechos, la dificultad o imposibilidad de acceder a todas las fuentes y a toda la información, y la necesidad de ajustar los textos a la extensión prescrita, que suele ser escasa, nos impiden a veces presentar una relación de los hechos tan completa (o precisa) como quisiéramos. Esto no importa siempre que seamos conscientes de nuestras limitaciones y no aseguremos que nuestra versión de la realidad es incontestable. No importa si hacemos todo lo posible para superar estas limitaciones y dificultades. Ahora bien, ciertos métodos de redactar y editar las informaciones sólo sirven para alejar más la noticia publicada de la realidad.
Los redactores saben que sus jefes aprecian las noticias con garra, y al tratar de dotarlas de fuerza, a veces incurren en omisiones y emplean un lenguaje que exagera o «infla» la noticia por encima de su verdadero valor. Y si no lo hacen ellos, es muy probable que lo haga el jefe de redacción, sobre todo en los periódicos populares, pero toda noticia debe representar un esfuerzo consciente de equidad y fidelidad tanto al espíritu como al detalle de los hechos. El buen periodismo no sólo se basa en la confianza de los lectores en el periódico, sino también en la confianza del periódico en sus lectores.
La precisión
El periodismo debe ser enemigo de la imprecisión. Las informaciones se escriben con objeto de despejar las incógnitas que puedan tener los lectores y no para crear más interrogantes. Las preguntas que un reportero debe tratar de responder, siempre con precisión, son: ¿Qué? ¿Qué ha sucedido? ¿Quién? ¿A quién le ha sucedido? ¿Quién lo ha hecho? Edad, apariencia, puesto de trabajo, datos identificativos, otra información relevante sobre su persona. ¿Dónde? ¿Dónde ha sucedido? ¿Cuándo? ¿Cuándo ha sucedido? ¿A qué hora, qué día, qué mes? ¿Cómo? ¿Cómo ha sucedido? Explicaciones. ¿Por qué? ¿Por qué ha sucedido?
Otros puntos a los que se debe prestar atención son los siguientes: en todos los casos, prescindir de lo abstracto y utilizar lo concreto, pues nuestra labor como reporteros es investigar las generalizaciones que hace la gente y exponer nuestras minuciosas conclusiones. Así pues, todo lo que no sea específico no es válido.
La adecuación
La adecuación consiste en adaptar el estilo, el tono y el ritmo de un relato al tema sobre el que versa. Por descontado, no todos los temas requieren un tratamiento especial, pero algunos deben abordarse con delicadeza. Por lo general, se reconocen sin ninguna dificultad. Las cuestiones relacionadas con la vida y la muerte, por ejemplo, siempre deben recibir un tratamiento serio (salvo en las columnas fijas especializadas en el mal gusto).
Las historias de acción y movimiento deben narrarse en ritmo real. El lenguaje y la construcción deberán ser ajustados, los verbos activos y directos, las frases concisas y los adjetivos escasos. Dejemos que sean los propios hechos los que causen impacto. No tratemos de dramatizarlos más adjetivándolos. Presentemos un relato desnudo de todo comentario y dejemos que sea el lector quien se forme sus propios juicios.
Hay un campo en que los periodistas se debaten con muchos problemas sobre lo que es adecuado y lo que no lo es: la comedia o los intentos de ser cómico. En un escenario o en las páginas de un libro, el humor no tiene por qué conocer tabúes. Temas como la muerte, el cáncer, el sexo o el hambre no deben desterrarse al territorio de lo impropio. Ahora bien, todos ellos son temas generales. La cuestión cambia mucho si pretendemos reírnos de las desgracias de una persona concreta en un artículo que se publicará en el periódico de la mañana.
La eficacia
Toda expresión y toda frase deben desempeñar alguna función, deben transmitir información desconocida o bien contribuir al desarrollo de la historia. Si alguna parte de la información no cumple ninguna de estas funciones, suprimámosla. El periodismo, y en especial las noticias, deben tener ritmo. Antes de comenzar a escribir es necesario haberse formado una idea clara de todo lo que se va a decir.
Un ejercicio útil es elegir algunos de nuestros artículos recientemente publicados y, con un bolígrafo rojo, reducir el número de palabras sin suprimir ningún hecho esencial. Nos sorprenderá comprobar cuántos términos innecesarios hemos empleado. Por eso resulta tan valiosa la experiencia de trabajar algún tiempo en el equipo de cierre. Para aprender a escribir con eficacia no hay nada mejor que la disciplina de relatar historias complejas con 250 palabras.
La revisión
El crítico más severo de un redactor debe ser él mismo. Es esencial releer lo que hemos escrito para detectar posibles fallos y corregir lo que no nos satisface. Por lo general, cuando un texto llega a manos de otra persona ya es demasiado tarde… para mejorarlo o para salvar nuestra reputación. Algunos redactores prefieren esbozar una versión preliminar del texto antes de someterlo a una revisión estricta. Otros, tal vez quienes tienen las ideas más claras, lo revisan a medida que lo van escribiendo. El sistema utilizado es lo de menos; lo importante es que la revisión sea exhaustiva y no una mera búsqueda de errores ortográficos.
George Orwell, el autor de “Rebelión en la granja” y “1984”, cuyo estilo destaca por su claridad, opinaba que un escritor debe plantearse cuatro preguntas con respecto a cada frase. Así dicho, parece una tarea ardua, y lo sería si, al cabo de algún tiempo, no se llegara a hacer de manera automática y casi inconsciente. Las preguntas son: ¿Qué pretendo decir? ¿Qué palabras sirven para expresarlo?¿Qué imagen o modismo lo aclarará más? ¿Es una imagen suficientemente fresca como para tener el efecto deseado? Después de seguir reflexionando sobre el tema, Orwell añadió otras dos preguntas importantes: ¿Podría expresarlo de una manera más sencilla? ¿He escrito algo desagradable innecesariamente?
Quienes escriban con regularidad no tardarán en plantearse estas preguntas sin mayor esfuerzo consciente que el realizado para mover la vista de izquierda a derecha al leer. Yo sugeriría que se añadieran un par de preguntas relativas al borrador de un texto: ¿Ha quedado algún cabo suelto, está todo bien explicado? ¿Se lee con fluidez? Si las respuestas son afirmativas, dejemos el texto como está, sin caer en la tentación de añadir más frases coloristas, a la manera en que un cocinero echa un puñado más de pasas a una tarta.
Auteur







