¿Qué edad tiene realmente el cuerpo?
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La ciencia lleva décadas intentando responder una pregunta que cada vez cobra más relevancia en sociedades longevas: ¿qué edad tiene realmente nuestro cuerpo?

Más allá de la edad cronológica, investigadores buscan entender cómo envejecen los órganos y sistemas del organismo para distinguir entre un envejecimiento saludable y uno asociado a enfermedades y deterioro prematuro.

Salvador Macip, catedrático y director de los Estudios de Ciencias de la Salud de la Universitat Oberta de Catalunya, lidera una investigación orientada a identificar marcadores biológicos capaces de detectar patrones de envejecimiento no saludable.

El objetivo es desarrollar herramientas que permitan anticipar riesgos y aplicar intervenciones preventivas antes de que aparezcan enfermedades relacionadas con la edad.

El interés por este campo aumenta a medida que crece la esperanza de vida.

Según datos recientes de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe y de la División de Población de las Naciones Unidas, América Latina y el Caribe podrían alcanzar una esperanza de vida promedio de 80.42 años para 2026. Sin embargo, especialistas advierten que vivir más tiempo no necesariamente implica vivir con mejor salud.

En España, por ejemplo, la esperanza de vida alcanza los 86 años en mujeres y 81 en hombres, según el Instituto Nacional de Estadística. Aun así, la diferencia entre esperanza de vida y esperanza de vida saludable continúa ampliándose, evidenciando que muchas personas llegan a edades avanzadas con altos niveles de dependencia y deterioro físico.

Para Macip, el problema radica en que el envejecimiento no ocurre de manera uniforme. Dos personas nacidas el mismo día pueden presentar condiciones biológicas completamente distintas.

“Poder diferenciar el envejecimiento saludable de un envejecimiento acelerado sería útil para predecir posibles dolencias y complicaciones y, así, tratarlas cuanto antes o incluso prevenirlas”, explica el investigador.

Actualmente, los científicos utilizan distintos indicadores para estimar la llamada edad biológica. Entre ellos figuran la longitud de los telómeros y los llamados relojes epigenéticos, herramientas que analizan modificaciones químicas acumuladas en el ADN con el paso del tiempo. También se emplean estudios basados en ómicas -como genómica, proteómica o metabolómica- que permiten observar cambios moleculares relacionados con el envejecimiento.

Macip advierte que estos sistemas todavía presentan limitaciones cuando se aplican de manera aislada. Según el experto, el futuro de esta medición dependerá de combinar múltiples datos biológicos con parámetros clínicos, creando evaluaciones más precisas y personalizadas.

La investigación que desarrolla junto a su equipo busca precisamente avanzar hacia ese modelo integral. A través de análisis de sangre, los científicos pretenden identificar marcadores capaces de estimar el envejecimiento específico de distintos órganos y anticipar qué enfermedades podrían desarrollarse con mayor probabilidad.

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Más allá del interés médico, el estudio también abre un debate ético sobre el uso de este tipo de información. En una sociedad donde el envejecimiento suele asociarse a estigmas y exclusión, clasificar a las personas según su edad biológica podría derivar en nuevas formas de discriminación.

“El riesgo es interpretar una estadística como una certeza”, advierte Macip. Para el investigador, estos datos deben entenderse como herramientas predictivas y no como diagnósticos definitivos, especialmente en ámbitos sensibles como el acceso a seguros médicos o servicios de salud.

La posibilidad de medir con exactitud cómo envejece el cuerpo humano sigue siendo uno de los grandes desafíos de la medicina contemporánea. Mientras la ciencia avanza en esa dirección, el debate ya no gira únicamente en torno a cuánto vivimos, sino a cómo llegamos a esa etapa de la vida

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