Agitación y Propaganda (Agipro) es un coctel comunicacional que dicen nació del Departamento de Agitación y Propaganda que pertenecía al Partido Comunista de la Unión Soviética y su principal objetivo era conectar al cerebro con el corazón, pero solo para que venciera el corazón y dominaran, por tanto, las emociones.

La propaganda sabemos que es una forma de comunicación que busca difundir ideas u opiniones de carácter político, religioso, comercial. En ese contexto, podemos decir que los mensajes construidos desde la propaganda de forma persuasiva.

El rol de la agitación la ponía en marcha un “agitador” que se encargaba de que estos mensajes, los cuales muchas veces necesitaban un nivel intelectual promedio para ser entendidos y asimilados, llegaran de una forma más entendible y sobre todo más emocional para mover a las masas hacia la verdadera intención comunicativa el mensaje.

La combinación de la “Agitación y la Propaganda” funcionó. Puede que por eso en la comunicación política moderna haya importantes rasgos de Agipro.

Lenin decía: “El agitador tomará un ejemplo, el más destacado y conocido, y -aprovechando ese hecho conocido por todos y cada uno de los presentes-, orientará todos sus esfuerzos a inculcar en la ‘masa’ una sola idea… tratando de despertar en ella el descontento y la indignación contra esta flagrante injusticia”.

¿Hay Agipro en la comunicación actual?

Claro, ahora realizado con una perfección científica, fruto de la microsegmentación de los datos, los cuales permiten construir los mensajes con una precisión quirúrgica y con toda la amplificación que les permiten las redes sociales y otros medios que son movidos por el combustible que producen las emociones, sobre todo las negativas que emanan de la indignación, el miedo, los prejuicios, los insultos, las polémicas racistas y las sexistas.

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Estos temas secuestran la atención de las personas, además de motivarlos a compartirlos, aunque por unos segundos los embargue la duda sobre la veracidad de lo que leen, escuchan o ven, pero mientras tanto, lo van compartiendo por WhatsApp, llamado a la acción que difícilmente logren otros temas que suponemos de mayor interés para la generalidad.

Por ejemplo: Andy Wigmore, uno de los estrategas de las campañas a favor del Brexit en Reino Unido, aseguró que “cuando publicábamos algo sobre economía, obteníamos a lo sumo tres o 4 mil me gusta. Si poníamos algo emocional, lográbamos 300 o 400 mil me gusta en cada ocasión”.

Un caso de éxito, al menos guardando las fronteras de lo legal y lo ética y políticamente correcto, se produjo en la campaña de 2016 donde el equipo de Donald Trump puso en marcha una campaña para disuadir a las mujeres jóvenes norteamericanas de votar en contra a Hillary Clinton, bombardeándolas con “informaciones” que trataban de recordarles los escándalos sexuales de Bill Clinton y por tanto, a ella -su esposa- la hacían ver como una cómplice de los actos de su marido.

Si analizamos con una lupa las campañas políticas de Europa, Estados Unidos y América Latina, descubriremos lo presente que está la agitación y la propaganda en cada una de ella, solo que ejecutada con una precisión que asusta, con toda la intención de hacerlo.

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