El trauma puede dejar huellas en generaciones posteriores

¿Puede una experiencia traumática afectar a personas que nunca la vivieron directamente? La respuesta científica apunta a que sí puede dejar huellas en generaciones posteriores, aunque hablar de “heredar un trauma” exige importantes matices.

Alicia Álvarez García, profesora colaboradora de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), explica que el trauma no pasa intacto de padres a hijos como si se tratara de un objeto. Lo que puede transmitirse es una mayor vulnerabilidad a desarrollar respuestas traumáticas, determinados comportamientos aprendidos o dinámicas familiares y sociales condicionadas por acontecimientos que no fueron suficientemente elaborados.

El llamado trauma transgeneracional ha ganado atención científica a partir del estudio de descendientes de supervivientes del Holocausto, guerras, genocidios, desplazamientos forzados, abusos y otros acontecimientos extremos.

Las investigaciones actuales sugieren que no existe una única vía de transmisión. Los efectos pueden aparecer mediante procesos psicológicos, familiares, culturales y, posiblemente, biológicos.

Trauma individual y trauma social no son lo mismo

Uno de los primeros elementos necesarios para entender el fenómeno es diferenciar el trauma individual del trauma social.

Una persona puede desarrollar un trastorno de estrés postraumático después de vivir una guerra, sufrir violencia, enfrentar abusos o experimentar otros acontecimientos extremos. En esas situaciones, las generaciones siguientes no necesariamente desarrollarán el mismo trastorno.

Sí pueden crecer en entornos donde determinadas respuestas de miedo, hipervigilancia, evitación o silencio han terminado formando parte de la manera en que funciona la familia.

El trauma social opera de manera diferente. Afecta a comunidades o sociedades completas y puede modificar la manera colectiva de interpretar acontecimientos, recordar el pasado o relacionarse con determinados conflictos.

Guerras civiles, dictaduras, genocidios y períodos prolongados de violencia pueden dejar marcas que permanecen en los relatos familiares, en la cultura política y en la memoria de un país mucho después de que hayan desaparecido las generaciones que vivieron directamente esos acontecimientos.

La epigenética abre nuevas preguntas

Una de las áreas que más interés ha despertado es la epigenética. La epigenética no modifica la secuencia del ADN, pero estudia mecanismos capaces de influir en la forma en que determinados genes se expresan.

Una investigación publicada en Scientific Reports en 2025 analizó a 131 personas pertenecientes a 48 familias sirias y comparó tres generaciones con distintos niveles de exposición a episodios de violencia relacionados con conflictos en Siria.

Los investigadores identificaron diferencias en patrones de metilación del ADN asociadas con exposición directa y exposición de la línea germinal a la violencia. También encontraron señales relacionadas con aceleración de la edad epigenética en niños expuestos prenatalmente.

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Los propios autores describieron sus resultados como evidencia de una posible firma epigenética intergeneracional asociada al trauma. Sin embargo, estos hallazgos no permiten concluir que el trauma se herede genéticamente ni que exista una relación inevitable entre la experiencia de una generación y los problemas psicológicos de la siguiente.

Especialistas consultados por Nature tras la publicación de ese estudio advirtieron que los resultados necesitan ser replicados y que sigue existiendo debate sobre hasta qué punto los cambios epigenéticos observados pueden interpretarse como transmisión transgeneracional en seres humanos.

Aprendemos también las respuestas al miedo

La transmisión puede producirse sin ningún mecanismo biológico.

Los niños aprenden observando. Si una madre o un padre desarrolla conductas de evitación, miedo permanente o hipervigilancia después de una experiencia traumática, esas respuestas pueden incorporarse a la dinámica familiar.

Es lo que se conoce como aprendizaje vicario. El hijo no hereda necesariamente el trauma, pero puede aprender una forma de reaccionar ante determinadas situaciones a partir de la conducta del adulto.

Álvarez insiste en que resulta peligroso utilizar el concepto de trauma transgeneracional como una explicación universal.

Las relaciones familiares, las condiciones sociales, el apoyo disponible, la historia individual y las estrategias de afrontamiento también influyen sobre cómo responde cada persona.

La vulnerabilidad no significa destino

Uno de los puntos más importantes de estas investigaciones es evitar una lectura determinista.

Tener antecedentes familiares de experiencias traumáticas no significa que una persona necesariamente vaya a desarrollar problemas psicológicos.

Dos individuos pueden enfrentarse al mismo acontecimiento y reaccionar de manera muy diferente.

Influyen factores como el entorno, las redes de apoyo, la personalidad, las experiencias anteriores, el acceso a tratamiento y la capacidad para elaborar emocionalmente lo ocurrido.

La vulnerabilidad puede aumentar determinados riesgos, pero no establece un destino inevitable.

Ese matiz también permite mirar el fenómeno desde una perspectiva preventiva.

Reconocer patrones familiares, pedir ayuda o trabajar experiencias traumáticas puede reducir la posibilidad de que determinadas respuestas continúen reproduciéndose.

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Cuando una respuesta de supervivencia permanece demasiado tiempo

Muchas conductas asociadas con el trauma tienen inicialmente una función adaptativa.

La vigilancia permanente, la reacción rápida ante amenazas o la evitación de determinados lugares pueden ayudar a sobrevivir cuando existe un peligro real.

El problema aparece cuando esas respuestas continúan funcionando después de que la amenaza ha desaparecido.

En esos casos, mecanismos que originalmente protegían a la persona pueden comenzar a interferir con su vida cotidiana, sus relaciones o su capacidad para tomar decisiones.

El tratamiento psicológico especializado puede ayudar a elaborar esas experiencias y reducir sus efectos.

En el plano social, la situación resulta más compleja porque las heridas históricas pueden quedar vinculadas con identidades colectivas, relatos políticos, procesos de justicia y memoria.

La era digital introduce nuevas formas de exposición

La conversación sobre trauma también comienza a incorporar un elemento diferente: la exposición continua a contenidos violentos mediante pantallas.

Álvarez advierte que una persona no necesariamente tiene que haber estado físicamente presente en un acontecimiento para experimentar determinadas respuestas de estrés.

La repetición constante de imágenes de guerras, atentados, abusos o catástrofes puede provocar malestar psicológico en personas especialmente vulnerables.

Periodistas, profesionales sanitarios, psicólogos, trabajadores humanitarios, equipos de emergencia y moderadores de contenido pueden estar particularmente expuestos a lo que se conoce como traumatización secundaria.

La inteligencia artificial añade nuevas posibilidades de revictimización.

Imágenes falsas pero convincentes, deepfakes, recreaciones de violencia o contenidos manipulados pueden volver a exponer a víctimas y familiares a experiencias que ya habían producido daño.

También aumentan la dificultad para distinguir qué ocurrió realmente y qué ha sido fabricado o alterado.

Una herencia que no tiene una sola explicación

La ciencia todavía está construyendo respuestas sobre cómo pueden extenderse los efectos del trauma entre generaciones.

La evidencia disponible permite hablar de transmisión mediante comportamientos, relaciones familiares, memoria colectiva y posiblemente determinados mecanismos epigenéticos. No permite afirmar que exista una “herencia del trauma” automática o inevitable.

La diferencia es importante. Comprender esas huellas no debería servir para convertir el pasado en una condena, sino para identificar vulnerabilidades y romper patrones que continúan afectando a quienes no vivieron directamente los acontecimientos originales.

El trauma puede dejar marcas, pero esas marcas no tienen necesariamente que convertirse en destino.

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