Comunicar es una ciencia inexacta. Cada realidad tiene sus particularidades, las metodologías paso a paso deben ajustarse como traje a la medida y no hay receta única para las dolencias propias de un entorno que no sigue los patrones establecidos.
Predecir la conducta humana, es osado y aun así es requerido para poder desempeñar como profesión esto de comunicar de forma estratégica, de comunicar con propósito.
El que gestiona comunicación, debe ser y saber muchas cosas al mismo tiempo, y con cada situación que se presente evaluar casi de forma instantánea cómo combinar los elementos que tiene a mano, analizar los distintos escenarios y construir la narrativa más apropiada.
Debe tener templanza, para no actuar por impulso o cegado por nubes de un humo ajeno, para ser medido, preciso e intuitivo. Debe ser empático, para mirar la misma cosa desde distintos ángulos y saber integrar puntos de vista disidentes en una narrativa coherente.
El que gestiona comunicación, debe no solamente sentirse cómodo con los cambios, si no impulsarlos, identificar el camino y acomodarlo, para hacer más placentero y colaborativo el trayecto.
No debe limitarse a ser traductor de las realidades sociales, debe ser intérprete, explicando las particularidades y sus por qué, identificando los elementos que la sustentan.
No debe solo mostrar indicadores, datos, cifras sino acompañarlos del análisis que le den sentido, razón.
Pienso, que es precisamente esa inexactitud lo que envuelve a todos los que de una forma u otra estamos sumergidos en esta labor. Esa curiosidad inagotable, ese acertijo permanente que se adhiere a la necesidad de buscar respuestas, una y otra vez.
Pienso, que la comunicación no se limita a una profesión, es una ciencia y un arte. Es un ejercicio social e individual, es comunitaria, es participativa y también contradictoria. Es una escala de grises y colores, de matices dónde las cosas son y no son, dónde el aprendizaje es continuo, las conversaciones interminables, dónde hay mucho de antropología y filosofía, pero también de números, de estadística y economía.
Pienso, que toda organización se cohesiona y existe sobre la base de una buena gestión de comunicación. Desde la formal a la informal, desde las conversaciones de pasillo, hasta los planes estratégicos, de lo macro a lo micro, y viceversa.
Independientemente del medio o la plataforma, de si nos vemos en avatares o en persona, la comunicación es inherente al ser humano y mientras las herramientas digitales nos dan una mayor amplificación a la necesidad de comunicar, de pertenecer y participar, el rol de los que gestionamos la comunicación de las organizaciones se transforma proporcionalmente a los cambios y a los avances tecnológicos, tomando una mayor relevancia en la trascendencia y crecimiento de la empresa.
En esta búsqueda continua de respuestas, se convierte en imperativo mantenerse actualizado, revisar casos de estudio, analizar contextos sociales, locales y globales, cuestionar situaciones y simular escenarios. Toca imaginar realidades y atinar soluciones anticipadas. Tratar de ir un paso adelante pero saber cuándo mirar atrás, balancearse entre los distintos tiempos verbales.
Al final de cada jornada, es justo eso de las posibilidades infinitas que se fusiona con la necesidad de estar preparados, lo que lo hace tan interesante. La planificación con espacio para la flexibilidad. La complejidad y lo minucioso que puede ser ejercer la comunicación. La gran responsabilidad que implica, especialmente en un contexto cada día más conectado, de mucho ruido, dónde todo pasa rápido.
Estamos en un contexto frágil e imponente que se construye y deconstruye sobre la marcha, pero que es también emocionante, disruptivo, creativo y cercano. Un contexto de acertijos y matices, de trazos independientes, de escala de grises, de colores.
–
Reflexiones del Immersion Week, Madrid 2023, en el que participé junto a la Escuela Internacional de Comunicación







