Orlando Martínez
Orlando Martínez

Siempre que llega el 17 de marzo, “impepinablemente”, como diría mi admirado Ramón Colombo, pienso en la reciedumbre de los valores éticos que defendía el periodista Orlando Martínez y el modo en que estamos viviendo el periodismo en estos días post modernos en los que la gleba se ampara en el concepto de ‘postverdad’ para escribir lo que sea.

Si la vida fuera como una película o una serie coreana y Orlando abriera los ojos, se sorprendería en cómo ha cambiado el mundo que conoció y cómo se ha degradado la profesión que tanto amó, defendió y ejerció como un sacerdocio hasta el momento de su trágica y violenta muerte a manos de esbirros del balaguerato.

Luego del impacto al verificar que somos la ‘aldea global’ que predijo Marshall Mcluhan y que ésta se vive desde los dispositivos electrónicos, pasaría al estupor al leer algunas publicaciones de portales “noticiosos” y medios tradicionales.

El síncope vendría al buscar y no encontrar contexto, pero su segunda muerte le llegaría al verificar que cualquier cosa es noticia, más allá del hombre que mordió al perro, como nos enseñaron los grandes maestros del periodismo en las aulas universitarias.

El mal llamado “periodismo ciudadano” se ha alzado con el santo y la limosna, pero eso no es lo peor. Algunos medios tradicionales se montan en la ola del “like” y entre titulares engañosos, noticias falsas, informaciones sin contrastar y el peligroso juego de acabar con reputaciones ajenas, navegan en un mar de inmundicia junto a los enganchados que entienden hacen periodismo.

Se olvidan que tras una ola viene la corriente de resaca y que, en estos casos, barre con la reputación y la credibilidad de esos medios que se regodean en el aplauso de las focas irredentas, sedientas de sangre, que vierten toda la basura que llevan dentro en esos espacios tan democráticos, abiertos a los comentarios, justificando desmanes y que este es el país del “tó é tó y ná é ná”.

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La muerte de Orlando Martínez me sorprendió a los 9 años, cuando leí el titular en El Nacional. No sabía nada de su existencia, pero el hecho me llenó de una tristeza profunda, inconcebible en una niña y sin haberlo conocido siquiera.

De adolescente decidí que estudiaría periodismo, que sería como Orlando, defendiendo la ética, la transparencia y la justicia social. Como estudiante, varios de mis maestros fueron compañeros suyos, como Rafael Núñez Grassals, Juan Bolívar Díaz, Quiterio Cedeño, entre otros, que siempre enfatizaron el apego a la realidad de los hechos.

En mis años de ejercicio, coincidí con colegas que trabajaron con Orlando y con sus anécdotas amé más aún a aquel extraño que a mis 9 años lloré como si hubiera sido un tío.

A 50 años de aquella fatídica fecha, sin lugar a dudas y salvo algunas contadas y honrosas excepciones, el periodismo se murió. Si Orlando Martínez se levanta de su tumba, el estupor se notaría en sus cuencas vacías.

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