La capacidad de hablar es uno de los maravillosos dones que tenemos los seres humanos, aunque no todo lo expresamos cuando hablamos ni tampoco es la única vía de comunicación, pues ahí también entran en juego los gestos, la escritura, el silencio, las miradas y nuestras acciones… y es que todo comunica, envía un mensaje y deja una enseñanza.
A pesar de que cada día contamos con más recursos para hacer llegar mensajes a otras personas, y la tecnológica ha facilitado este hecho, transmitir adecuadamente un mensaje no resulta una tarea sencilla. En tiempos de la hiperconectividad, comunicar mejor se vuelve cada vez más confuso ante tantos canales a través de los cuales expresarse, nos diluimos en la inmediatez para ganar la carrera de la primacía y la viralidad.
No es de extrañar que, a través de la comunicación, se generen la mayoría de los conflictos… y esto denota una clara deficiencia en la manera de comunicar lo que queremos y lo que sentimos, pero también en la disposición de recibir el mensaje y hacerlo correr correctamente. Y es que, como personas y comunicadores, si o si, dejamos nuestra huella en cada idea, realidad o hecho que nos encargamos de difundir o hacer llegar a otros.
Siempre recuerdo de la clase de Español, la unidad del mensaje. Emisor, receptor, canal y la distorsión que se puede generar en el trayecto de la salida a la llegada del mensaje. Aprendí, desde la primera vez que me dieron esta lección -les aseguro que fueron muchas clases de Español desde la infancia a la adultez- la importancia de expresar lo más correcto posible lo que quiero decir y lo que otros quieren que yo diga. Para que, el mensaje llegue lo más integro posible a su destino. Y esta regla la deberíamos asumir todos, en especial los que ejercemos el oficio de la comunicación.
¿Seríamos capaces de transmitir un mensaje sin dejar parte de nosotros mismos en él? O, aún más importante, ¿qué ocurriría si sólo prestáramos atención al mensaje y no valoráramos el resto de los elementos de la comunicación? Leí hace un tiempo que «comunicar es más que decir algo, implica mucho más que meras palabras. Seamos conscientes de ello o no, no sólo es relevante el mensaje que queremos transmitir, también lo es la forma en que transmitimos dicho mensaje. Comunicar incluye varias acciones a la vez: cercanía, capacidad de escuchar, de mostrar empatía y comprensión».
Todos sabemos que, a través de cualquier medio de comunicación -que son muchos si contamos las redes sociales y el boca a boca de la gente- se pueden expresar pensamientos, sentimientos, sensaciones, necesidades y hasta carencias, además de que se tiene el poder de cultivar las relaciones humanas, provocar dificultades o disolverlas. Todo esto, de acuerdo con los canales que usemos y las palabras que elijamos para trasmitir el mensaje.
Como comunicadores tenemos el compromiso de ser el canal correcto para hacer llegar los mensajes, ya sea a una sola persona como a un conglomerado. Tenemos el compromiso con ellos y nosotros mismos, de ejercer este oficio con sinceridad y respeto. Fomentemos una comunicación productiva, esa que aporta, ayuda y cambia vidas.
Si todos, como profesionales de la comunicación entendiéramos cómo lo que decimos puede cambiar la vida en negativo de otros y la propia, tal vez midiéramos las consecuencias antes de emitir una opinión o un mensaje, por eso de que «si no tienes nada bueno que decir, entonces ¡no digas nada!», pues «la palabra tiene poder y hay que aprender a usarla como se debe», todo lo que digamos va a generar una consecuencia, o mejor dicho, una reacción, por eso debemos aprender a tener una especie de ‘filtro’, ya que al final todo se resume en que no es lo es lo que dices, es como lo dices, a quien lo dices y el motivo que persigues para decirlo.







