La deshidratación puede tener efectos que van más allá de la sensación de sed. Según explica el cardiólogo Brodie Marthaler, M.D., del Sistema de Salud de Mayo Clinic en Eau Claire, Wisconsin, la disminución de líquidos en el organismo reduce el volumen de sangre que regresa al corazón con cada latido, obligándolo a trabajar con mayor intensidad para mantener la circulación.
“Imagine que el corazón es un mecanismo de bombeo. Para que funcione correctamente, debe regresar suficiente sangre al corazón con cada latido”, señala Marthaler. Cuando una persona se deshidrata, disminuye la cantidad de líquido que circula por el torrente sanguíneo y, como consecuencia, llega menos sangre al corazón.
Ante la falta de líquidos, el organismo activa mecanismos para mantener la presión arterial y garantizar la circulación. Los vasos sanguíneos se estrechan y el corazón aumenta su frecuencia para compensar la reducción del volumen sanguíneo.
Sin embargo, cuando la deshidratación se vuelve más severa, estas respuestas pueden resultar insuficientes. La disminución del flujo sanguíneo puede afectar el funcionamiento de órganos como el cerebro, los riñones, el hígado y el aparato digestivo.
Entre las señales que pueden aparecer a medida que la deshidratación empeora se encuentran los latidos cardíacos acelerados o las palpitaciones, fatiga, aturdimiento, mareos, cambios en la visión, dificultad para respirar y molestias en el pecho.
En casos graves, la deshidratación puede provocar un golpe de calor o un desmayo. De acuerdo con Marthaler, ambas situaciones requieren evaluación médica inmediata.
Grupos con mayor riesgo
Aunque cualquier persona puede deshidratarse, existen grupos con mayor riesgo, entre ellos los adultos mayores, los niños, los deportistas y quienes trabajan al aire libre.
También deben extremar las precauciones las personas con enfermedades cardíacas y quienes utilizan determinados medicamentos, como diuréticos o agonistas de los receptores GLP-1.
El cuidado es particularmente importante en quienes tienen insuficiencia cardíaca u otras enfermedades cardiovasculares. “Es posible que sus corazones tengan menos reserva para responder a la presión adicional de la deshidratación”, advierte el especialista.
Además, algunos tratamientos pueden favorecer la pérdida de líquidos, reducir la presión arterial o disminuir la frecuencia cardíaca, lo que puede limitar la capacidad del organismo para compensar los efectos de la deshidratación.
No existe una cantidad de agua que funcione de manera idéntica para todas las personas. En adultos sanos, la sed suele ser una referencia útil para determinar cuándo beber líquidos. No obstante, ante jornadas prolongadas de ejercicio, exposición al calor o trabajo al aire libre, resulta recomendable anticiparse y aumentar la ingesta de líquidos.
También es importante reconocer señales menos evidentes. La sequedad de boca, la piel seca y una orina más oscura pueden indicar que el organismo necesita líquidos. El color de la orina puede ofrecer una referencia sencilla: una tonalidad pálida generalmente se asocia con una hidratación adecuada, mientras que una coloración más oscura puede ser una señal de deshidratación.
Las opciones para hidratarse
El agua constituye una primera opción para mantener una adecuada hidratación. Cuando existe una deshidratación importante, también puede ser necesario reponer electrolitos como sodio, potasio y magnesio.
En determinadas circunstancias, consumir líquidos junto con alimentos que aporten sal puede contribuir a recuperar tanto agua como electrolitos. Las personas que realizan ejercicio prolongado o actividades de resistencia pueden considerar bebidas con electrolitos.
El alcohol, por su parte, puede favorecer la pérdida de líquidos al interferir con los mecanismos mediante los cuales el cerebro y los riñones regulan el equilibrio de agua. Por ello, cuando el objetivo es rehidratarse, el agua y las bebidas con electrolitos son opciones más adecuadas.
“La mejor manera de prevenir la deshidratación es adelantarse a ella”, sostiene Marthaler, quien recomienda convertir el consumo de líquidos en un hábito cotidiano y distribuirlo durante el día, en lugar de ingerir grandes cantidades de una sola vez.
La recomendación cobra mayor relevancia durante actividades físicas, trabajos de jardinería o labores al aire libre en condiciones de calor y humedad. Planificar la ingesta de líquidos, prestar atención a las señales del organismo y ajustar la actividad cuando sea necesario puede contribuir a reducir los riesgos.
Más que una cuestión de saciar la sed, mantener una hidratación adecuada forma parte del cuidado cardiovascular. Conocer los factores de riesgo personales y reconocer a tiempo las señales de deshidratación permite actuar antes de que la falta de líquidos se convierta en una complicación para el corazón y la salud general.







