El 'trash streaming' viraliza el dolor como contenido
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La búsqueda de atención en internet ha alcanzado un nivel extremo con el auge deltrash streaming’, un fenómeno digital en el que el sufrimiento, la humillación y los actos degradantes se transforman en espectáculo para miles de espectadores.

Aunque no es nuevo que ciertos contenidos apelan al morbo, la inmediatez del streaming y la lógica de las recompensas han creado un escenario donde el dolor ajeno se monetiza y la exposición se convierte en estrategia de supervivencia digital.

Lo que comenzó como una tendencia marginal ha saltado a la conversación pública por casos como el del streamer francés Pormanove, quien llegó a transmitir más de 12 días seguidos sometido a agresiones, humillaciones y actos extremos. Sin embargo, la pregunta que surge no es solo qué lleva a un creador a vulnerarse hasta ese punto, sino qué impulsa a una audiencia masiva a consumirlo.

Cuando la humillación se convierte en formato

El trash streaming se basa en contenido transmitido en directo que gira en torno a situaciones denigrantes.

No se trata de un momento polémico o un reto ocasional, sino de un modelo de contenido donde la degradación es el motivo central.

“Los creadores se someten a actos degradantes que son recompensados con donaciones económicas”, explica Pablo Romero, profesor de Criminología de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).

Y esas donaciones no son menores: algunas plataformas, como Kick, permiten que los creadores reciban hasta un 95% de los ingresos, un incentivo que alimenta la espiral y potencia la exposición.

En este contexto, la línea entre entretenimiento y explotación se desdibuja. La lógica es simple: cuanto más extrema la acción, mayor la audiencia; cuanto mayor la audiencia, mayores las recompensas.

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El círculo de la atención: por qué se consume

El interés por la humillación ajena no es nuevo, pero su disponibilidad sí lo es. La profesora Sílvia Martínez, experta en comunicación digital de la UOC, recuerda que las redes compiten por una atención cada vez más corta: en promedio, un usuario solo dedica 16 segundos a un video.

En esa carrera por destacar, algunos creadores recurren al dolor como un recurso de impacto inmediato.

El 'trash streaming' viraliza el dolor como contenido
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“Para lograr atención hay que arriesgar más que el resto o ser más disruptivos”, afirma Martínez.

El trash streaming funciona como un espectáculo en vivo donde los límites se empujan constantemente hacia lo grotesco. Y el público responde: morbo, tensión, sorpresa y la posibilidad de interactuar en tiempo real sostienen el modelo.

Desde la neuropsicología, Juan Luis García explica que esta interacción activa los circuitos de recompensa del cerebro, tanto en creadores como en espectadores.

Para el streamer, cada donación funciona como una validación inmediata; para el público, participar refuerza la sensación de pertenencia y poder en la dinámica.

Los efectos en quienes se exponen… y en quienes miran

Las consecuencias para los creadores pueden ser profundas. La exposición constante, las agresiones y la presión por superar cada límite pueden desencadenar ansiedad, depresión y estrés postraumático, advierte Romero.

Pero el impacto no se limita a quienes protagonizan estas transmisiones. La audiencia también se ve afectada.

“Cuando el consumo de estos contenidos se vuelve habitual, el cerebro reduce su respuesta emocional frente al dolor ajeno”, sostiene García.

Este proceso, conocido como desensibilización, puede normalizar comportamientos violentos o degradantes.

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El riesgo se acentúa entre adolescentes y jóvenes, que constituyen más del 50% del público de estas transmisiones. Su cerebro, aún en desarrollo, es más vulnerable a las recompensas inmediatas y menos capaz de evaluar consecuencias a largo plazo.

Reglas que llegan tarde

Aunque plataformas como Kick o Twitch prohíben expresamente contenidos violentos, degradantes o de autolesión, el problema es que los directos ocurren en tiempo real.

La moderación, por tanto, llega cuando el daño ya está hecho.

Incluso tras casos graves -como la expulsión de Simón Pérez y Silvia Charro o la suspensión posterior a la muerte de Pormanove en directo-, los creadores encuentran nuevas plataformas donde continuar. El ecosistema es amplio y las restricciones desiguales.

Esto obliga a reflexionar sobre el papel de las plataformas, las responsabilidades legales y éticas, y sobre cómo abordar un fenómeno que se expande mientras la regulación avanza a un ritmo lento.

¿Qué podemos hacer como sociedad?

El trash streaming abre un debate profundo sobre el consumo digital, la salud mental, el rol de los algoritmos y la vulnerabilidad de las audiencias jóvenes.

Los expertos coinciden en un punto clave: la necesidad urgente de educación mediática. Comprender cómo funcionan estas dinámicas, de dónde proviene la gratificación inmediata y cómo la exposición afecta a emociones, empatía y conducta es un paso esencial.

Porque mientras haya plataformas que lo permitan, creadores dispuestos a exponerse y público dispuesto a mirar, el espectáculo del dolor seguirá en tendencia.

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