Las redes ya no son sociales
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Recuerdo cuando estar en Facebook -y más tarde en Instagram- era simplemente divertido, un espacio donde compartíamos sin presión, sin caerle atrás al algoritmo, sin preocuparnos por estadísticas ni horarios de publicación.

No existían los creadores de contenido ni los influencers como hoy los entendemos; lo que había era una comunidad de personas que se reencontraban después de perderse la pista tras la secundaria o la universidad.

Las familias migrantes encontraban un alivio enorme en esas plataformas: bastaba con una foto o un mensaje para decir “estamos bien”. Era un tiempo más genuino, menos calculado, más humano.

Ese tiempo, sin embargo, parece haber quedado en los recuerdos, pues hoy las redes sociales han dejado de ser sociales para convertirse en escenarios donde lo que prima es la apariencia, la competencia por la visibilidad y la lógica del negocio.

Creamos mundos imaginarios, vivimos pendientes de métricas y likes, y mientras tanto quedamos expuestos a fake news y a amenazas constantes de ciberdelincuentes que acechan nuestros datos y dinero.

El riesgo de diluir el valor de la comunicación

Las redes ya no son personales, son empresariales y el negocio de la comunicación no escapa a esa lógica: medios, periodistas, comunicadores -profesionales o no- buscan su porción de audiencia, muchas veces con el riesgo de diluir el valor de lo que significa realmente comunicar.

Es verdad, volver a ese pasado es imposible porque el mundo cambió, y con él la manera en que nos relacionamos digitalmente, pero como personas sí podemos decidir con mayor cuidado lo que consumimos, a quién seguimos y a qué nos exponemos.

Subirse al tren digital desde nuestros propios principios éticos es la única forma de mantener la coherencia en medio de un escenario que prioriza la inmediatez sobre la verdad y la apariencia sobre la autenticidad.

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Y aquí es donde corresponde detenernos y reflexionar, ya que no se trata de idealizar el pasado ni de renunciar al presente, sino de recuperar lo esencial.

La verdadera tarea no está en abandonar las redes, sino en usarlas con consciencia: volver a la autenticidad en lo que compartimos, en cómo nos relacionamos y en cómo narramos la realidad.

El ecosistema digital que ya está dominado por algoritmos y negocios, nos enfrenta al desafío urgente de no olvidar que la comunicación sigue siendo, ante todo, un puente entre personas.

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