Imagen de kirill_makes_pics en Pixabay
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Hoy por hoy, el dinero -e incluso la información– ya no son bienes tan valiosos porque, en el mundo mediático actual, lo que verdaderamente se disputa es la atención: todos compiten por captarla, ya sea para convertirse en el centro de las miradas o para acapararlas por completo.

Las redes sociales, los medios digitales y los propios usuarios compiten a diario por atraer las miradas, recibir clics, tener reacciones. En este contexto, la tragedia del Jet Set –ese trágico suceso que nos ha estremecido a todos– revela con crudeza cómo el deseo de figurar y el imperativo de destacar pueden desembocar en actos extremos, incluso fatales.

Más allá del hecho en sí, que ya ha sido abordado desde la perspectiva policial, social y mediática, es necesario detenernos a reflexionar sobre el trasfondo: ¿cuánto estamos dispuestos a hacer para ser vistos?, ¿hasta dónde llegan los medios para retener nuestra atención?, ¿qué responsabilidad compartimos en esta dinámica?

Leía recientemente un artículo en www.theconversation.com bajo el título «La atención, el bien más codiciado en la era digital», que destaca que en la «economía digital, la atención humana se ha convertido en un recurso altamente codiciado«, y viene a mi mente la imagen de los niños cuando hacen rabietas, muchas veces provocadas para llamar la atención de los padres.

Muchos terapeutas coinciden en que “son conductas que deben trabajarse y corregirse para evitar que el niño pierda el control y asuma que, con cualquier locura, obtendrá lo que desea”. Ahora bien, ¿no estaremos actuando igual que esos niños –los medios, los comunicadores, los periodistas y hasta las personas comunes– haciendo ‘de todo’ para captar la atención del algoritmo?

La atención se ha convertido en una moneda de cambio… los algoritmos premian lo impactante, controversial y emocionalmente provocador.

Las plataformas han sido diseñadas con mecanismos psicológicos que nos mantienen conectados –como el desplazamiento infinito o las recompensas intermitentes–, reforzando patrones de validación externa a través de likes, comentarios o visualizaciones, pero en esa carrera por ser notados, se erosiona la autenticidad, se trivializa el dolor y se alimenta un vacío emocional que muchas veces se disfraza de popularidad.

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El equilibrio entre el ser y el parecer

Estamos viendo los síntomas de una cultura que ha perdido el equilibrio entre el ser y el parecer, donde la necesidad de reconocimiento social se ha convertido en una presión abrumadora, especialmente para los más jóvenes, más influenciables y más conectados.

Los medios de comunicación también tienen una cuota de responsabilidad porque, en su afán por atraer audiencias, muchas veces se prioriza el espectáculo sobre el contexto, la inmediatez sobre la profundidad… en pocas palabras, se viraliza el escándalo, se edita la tragedia y se monetiza la angustia.

Frente a esta realidad, estoy más que segura que urge una revisión ética, tanto en la producción como en el consumo de contenidos. Los medios deben reencontrarse con su rol de educar e informar con responsabilidad, y los usuarios deben preguntarse con honestidad: ¿por qué compartimos lo que compartimos?, ¿qué estamos buscando en cada publicación?

No se trata de demonizar la tecnología ni las redes sociales, se trata de recuperar el control sobre nuestra atención, de reconectar con lo esencial: la presencia, empatía, silencio y vínculo humano.

La tragedia del Jet Set nos dejó dolor, pero también una oportunidad: la de repensar colectivamente qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando todo gira en torno a ser vistos, pero nadie se siente realmente visto.

Silenciarnos por dentro para poder escuchar con más claridad

Y justo en esta Semana Santa, tiempo tradicionalmente dedicado a la introspección, recogimiento espiritual y renovación del alma, se nos presenta la ocasión perfecta para hacer una pausa, no solo en nuestras rutinas, sino en nuestra exposición constantesilenciarnos por dentro para poder escuchar con más claridad, tanto lo que está en nuestro interior como lo que ocurre a nuestro alrededor.

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En estos días santos, mientras miles se movilizan por todo el país a disfrutar, nuestros socorristas –ya agotados por una tragedia que también los drenó– estarán alertas para asistir, y nuestros comunicadores estarán cumpliendo su deber de informar desde todos los rincones: playas, iglesias, carreteras, estaciones y centros de emergencia.

¡Actúemos con moderación y respeto!

Que su labor también nos inspire a ejercer una comunicación con sentido, que sirva a la verdad, prevenga y acompañe en el viaje… recordemos que, en medio del ruido, el silencio y la reflexión también merecen un lugar.

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