Siempre he escuchado decir que aquello que no se comunica, no existe; que es necesario “hacerlo bien y hacerlo saber”, como decía uno de los padres de las Relaciones Públicas, Ivy Lee. ¿Pero será suficiente con comunicar? ¿Para qué comunicar, cuál es la intención? ¿Habrá un cambio de conducta implícito?
Seré sincera. Hay instituciones, programas y/o proyectos que, más que un plan de comunicación, ameritan un plan enfocado en comunicación para el desarrollo. Tejer un puente hacia el progreso sostenible y equitativo de las comunidades. Con un enfoque que no sólo se centra en la transmisión de información, sino en la construcción de capacidades, la participación comunitaria y el cambio social.
La comunicación para el desarrollo es una terminología que surgió en el marco de las agencias de las Naciones Unidas. En 1984, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) la definió como un proceso social diseñado para buscar un entendimiento común entre todos los participantes de una iniciativa de desarrollo, creando las bases para una acción concertada.
Protagonistas del desarrollo
En la práctica es una forma de que los beneficiados de un proyecto sean protagonistas de su propio desarrollo, se sientan escuchados y empoderados, a través de una comunicación de doble vía, que busca generar confianza y el bien colectivo.
Además, promueve los intercambios de conocimientos entre diferentes actores para construir relaciones entre las comunidades, gobiernos, organizaciones no gubernamentales y el sector privado.
Cualidades del método
Más allá de auxiliarse de los métodos convencionales de comunicación institucional o corporativa, la comunicación para el desarrollo promueve la comunicación directa entre las personas y reconoce el poder de la narrativa y la creatividad como herramientas para generar empatía, inspirar acción y desafiar las percepciones arraigadas para la transformación social.
El arte, el cine, la música y otras formas de expresión cultural se convierten en eficaces vehículos para transmitir mensajes, educar, promover valores, buenas costumbres y cuestionar estereotipos. Al aprovechar el poder de la cultura, la comunicación para el desarrollo puede trascender las barreras lingüísticas y culturales, llegando a audiencias diversas y promoviendo la inclusión.
En proyectos o programas enfocados en promover prácticas de uso eficiente del agua o la energía, defender los derechos humanos, mejorar la sanidad de los alimentos o incentivar medidas de adaptación al cambio climático, es clave un trabajo de información y un diálogo constante entre las autoridades y la gente.
Hacer equipos
Para que este tipo de comunicación sea efectiva, es fundamental la participación, transparencia, ética y que esté basada en evidencia. Esto implica involucrar a las comunidades desde las primeras etapas de diseño, respetar su autonomía y diversidad cultural, y garantizar la precisión y la veracidad de la información transmitida.
Es crucial abordar las divergencias de poder que pueden dificultar la participación equitativa de todos los grupos en el proceso de comunicación y toma de decisiones. Además, de ir evaluando el impacto del plan de comunicación para el desarrollo, medir sus resultados y ajustar las estrategias cuando sea necesario.
En definitiva, la comunicación para el desarrollo es mucho más que un medio para transmitir información; es un enfoque integral para promover el cambio social y progreso humano. Al centrarse en la participación, diálogo e inclusión, este camino puede empoderar a la ciudadanía para afrontar los retos y desafíos que enfrentan y construir un futuro más justo y sostenible para todos.







