Periodistas cambian su forma de escribir para demostrar que sus textos no fueron creados con IA

La expansión de la inteligencia artificial generativa está llevando a periodistas y escritores a modificar deliberadamente su manera de escribir para evitar que sus textos sean confundidos con contenidos producidos por una máquina.

Así lo expone el periodista Álvaro Arbonés en un artículo publicado en La Vanguardia, donde aborda una consecuencia menos visible del avance de estas herramientas: la sospecha creciente sobre la autoría de los textos y la dificultad de demostrar con certeza si fueron escritos por una persona o generados con inteligencia artificial.

El fenómeno ha llevado a algunos profesionales de la escritura a cambiar estructuras, variar la extensión de sus frases, utilizar determinados recursos estilísticos e incluso introducir intencionalmente errores ortográficos o gramaticales para dejar señales de intervención humana.

La sospecha crece

Arbonés explica que uno de los problemas está en que actualmente no existe una manera infalible de determinar si un texto fue generado con inteligencia artificial.

Aunque determinados modelos pueden mostrar patrones reconocibles en su escritura, estos pueden modificarse mediante instrucciones específicas o corregirse posteriormente por una persona.

Las herramientas diseñadas para detectar textos generados con IA tampoco ofrecen una certeza absoluta, pues realizan análisis probabilísticos a partir de características que consideran propias de estos sistemas.

Esta situación coloca especialmente a periodistas, escritores y otros profesionales que trabajan con palabras ante un escenario complejo: no solamente deben preservar una voz propia, sino que comienzan a enfrentarse a la posibilidad de que su trabajo sea cuestionado por parecer demasiado similar al producido por una herramienta tecnológica.

El artículo recoge el testimonio de un periodista que decidió modificar su estilo para reducir esas sospechas y que reconoce evitar determinados patrones asociados con la escritura de sistemas como ChatGPT.

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Otros profesionales, sin embargo, han optado por mantener intacta su manera de escribir al considerar que no deberían modificar un estilo desarrollado durante años simplemente para demostrar que sus textos son propios.

Errores intencionales

Una de las prácticas más llamativas identificadas por Arbonés es la introducción deliberada de errores ortográficos o gramaticales.

Algunas personas han comenzado a utilizarlos como una señal de que detrás del contenido existe un autor humano, e incluso determinados editores permiten que permanezcan en los textos cuando responden a esa intención.

Sin embargo, esta estrategia tampoco permite demostrar la autoría de manera definitiva, porque una inteligencia artificial también puede recibir instrucciones para cometer errores, cambiar estructuras o reproducir características consideradas más humanas.

El fenómeno plantea así un problema que va más allá de identificar determinadas palabras o formas de construir una oración: la inteligencia artificial está modificando también la percepción sobre la autenticidad de la escritura.

Arbonés señala que, mientras no exista un método completamente fiable para distinguir los contenidos generados mediante IA, tanto quienes deciden modificar su escritura como quienes prefieren conservar su estilo continuarán enfrentándose a la misma dificultad.

El debate introduce además interrogantes sobre la credibilidad profesional y la necesidad de establecer mecanismos más claros para identificar los contenidos creados mediante inteligencia artificial, especialmente en ámbitos donde conocer su autoría resulta relevante.

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