Foto de Tengyart en Unsplash
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A todos nos ha tocado transitar por épocas en las que damos prioridad a la razón, al mandato de la mente, alejándonos del mensaje de nuestro corazón. Tal vez no sea solo una época o pudiera ser un estadio permanente, pues -por naturaleza- somos seres racionales, analistas y, de cierta manera, preferimos la seguridad que nos brinda el “tener el control de nosotros y nuestro entorno”.

Seguro crecimos y fuimos educados y formados en una carrera que nos enseñaba a ser eficientes y que nuestro accionar tenga un resultado concreto, pesable y medible.  Eso no es malo. Lo malo es hacer todo pensando en el resultado, sin cabida a la aventura de experimentar, de conocer y sentir con los ojos del alma.

¿Les cuento algo? Tarde o temprano descubrirán que el verdadero valor de las cosas no puede medirse desde nuestro ‘yo racional’ ni desde la óptica de la seguridad y la estabilidad… solo se puede medir desde los sentimientos y cómo estos nos hacen sentir.
Bien lo dijo el Zorro al Principito, protagonista del libro de Antoine de Saint-Exupéry, “lo esencial… es invisible a los ojos”. Cuando logramos esa consciencia, abrazamos nuestros sentimientos, no como algo que nos compromete o nos hace vulnerables, sino como una oportunidad de aprender de uno y de los demás.

Cuando nos adueñamos de nuestros sentimientos, vivimos desde el amor, logrando entender que en unas se gana y en otras se aprende, nunca se pierde. Este pensamiento nos ayuda a ver el aprendizaje detrás de todo lo que nos pasa y sacándole mayor provecho.

Es importante ocuparnos de conocer nuestra capacidad de amar y amarnos. No olvidemos que nuestros sentimientos son emociones y que la palabra ‘emoción’ nos conecta con el movimiento. Como bien dicen los especialistas, “la conducta humana compromete en el exterior lo que el sentimiento promueve dentro”.

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Si dentro de ti dejas que habite el miedo, las dudas y el temor a lo desconocido, te aseguro que “sobrevivirás”  sin grandes desafíos y navegarás en el helado mar del conformismo, dejando esta vida sin penas, pero tampoco glorias, porque somos lo que sentimos y hacemos.

“El mayor error que cometemos es no ganarnos la vida haciendo lo que más nos gusta”.
Malcom Forbes, Empresario y político estadounidense

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