Parentificación: cuando cuidar en casa puede robar la adolescencia
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Ayudar en las tareas del hogar o cuidar ocasionalmente a un familiar puede ser una experiencia formativa para un adolescente.

El riesgo aparece cuando esa colaboración se convierte durante años en una responsabilidad adulta, intensa y sin apoyo, desplazando necesidades propias de esta etapa.

Cuidar a un hermano, acompañar a un abuelo o colaborar con las tareas domésticas no convierte automáticamente a un adolescente en víctima de parentificación.

La diferencia está en la carga que asume, el tiempo que dedica, el apoyo disponible y, sobre todo, en aquello que debe sacrificar para cumplir con responsabilidades que corresponden a los adultos.

Según un informe del Parlamento Europeo citado por expertos de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), entre un 4 % y un 10 % de los menores en la Unión Europea desempeña algún tipo de función de cuidado.

En América Latina, datos de Argentina, Chile, Colombia, México y Uruguay analizados por UNICEF muestran que las adolescentes dedican al menos una hora más al día a tareas domésticas y de cuidado que sus pares masculinos, equivalente a siete horas adicionales por semana.

Para Juan Luis García Fernández, profesor de los Estudios de Ciencias de la Salud de la UOC, la colaboración de los adolescentes en el ámbito familiar puede formar parte de una dinámica saludable.

El problema aparece cuando la responsabilidad se vuelve prolongada, intensa, solitaria y desproporcionada para la edad. Es entonces cuando se produce la llamada parentificación, una inversión de roles en la que el menor termina ocupando funciones propias de un adulto.

Cuando el cuidado deja de ser una colaboración

Desde la neuropsicología, la parentificación puede manifestarse de forma práctica o emocional. La primera incluye tareas como gestionar medicamentos, acompañar a familiares a citas, realizar labores domésticas o asumir el cuidado habitual de hermanos. La segunda implica convertirse en sostén emocional de un progenitor, escuchar sus problemas o sentirse responsable de su bienestar.

La situación puede resultar especialmente compleja cuando se prolonga durante años y no existen otros adultos que distribuyan las responsabilidades.

El cerebro adolescente todavía se encuentra en desarrollo, particularmente las redes relacionadas con la planificación, el control inhibitorio, la regulación emocional y la gestión del estrés.

Organizar la vida cotidiana alrededor de la preocupación y la responsabilidad excesiva puede generar fatiga mental, irritabilidad, ansiedad o depresión. También puede afectar el rendimiento académico, no necesariamente por falta de capacidad o motivación, sino por la energía cognitiva que consume una situación de cuidado permanente.

La adolescencia es, además, una etapa fundamental para construir identidad, autonomía, relaciones con los iguales y un proyecto de vida. Cuando un adolescente se convierte en cuidador principal, esas tareas evolutivas pueden quedar desplazadas.

El impacto puede extenderse al sueño y a la vida social. Algunos jóvenes permanecen pendientes del teléfono o se despiertan durante la noche para atender a un familiar; otros reducen el contacto con sus amigos porque carecen de tiempo para compartir con ellos. Desde fuera pueden parecer especialmente maduros, cuando en realidad están desarrollando lo que los especialistas denominan una autonomía forzada.

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Investigaciones publicadas en The Lancet Public Health y Scientific Reports han relacionado el cuidado informal entre jóvenes con una peor salud mental, especialmente cuando la intensidad de las responsabilidades es elevada.

Los estudios también han señalado factores como el acoso escolar, lo que refuerza la importancia del entorno educativo en la detección y el acompañamiento.

Cuidar también puede ser una experiencia formativa

La perspectiva social introduce un matiz importante. Daniel Rueda Estrada, profesor de los Estudios de Ciencias de la Salud de la UOC e investigador del grupo GITSS SINERGIAS, plantea que los adolescentes también forman parte de las dinámicas familiares y pueden desarrollar a través del cuidado valores como solidaridad, responsabilidad y apoyo mutuo.

El cuidado no debe entenderse exclusivamente como una responsabilidad adulta ni asociarse a un determinado género. Participar en las tareas familiares puede ser educativo y contribuir al desarrollo personal siempre que exista un equilibrio y no se convierta en una carga excesiva.

El límite está en los derechos propios de la edad. Cuando las obligaciones familiares interfieren con la educación, la salud, el bienestar emocional, la socialización o el desarrollo personal, la colaboración deja de ser una experiencia saludable.

Por eso, ambos especialistas coinciden en que la pregunta no debería ser simplemente si un adolescente puede cuidar, sino cuánto cuida, durante cuánto tiempo, con qué apoyo y a costa de qué.

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Las señales que no deberían pasar inadvertidas

La detección temprana requiere atención por parte de las familias, los centros educativos, los servicios sociales y la atención primaria. Entre las señales emocionales se encuentran la tristeza persistente, ansiedad, irritabilidad, llanto frecuente, culpa excesiva y la sensación de que no está permitido fallar.

También son relevantes expresiones como “si no lo hago yo, nadie lo hará” o “no puedo irme, no hay nadie más”. La dificultad para pedir ayuda, minimizar las propias necesidades o asumir que el bienestar de los demás depende exclusivamente del adolescente son otros indicadores que requieren atención.

En el ámbito académico, los cambios progresivos pueden ser una señal de alerta: disminución del rendimiento, dificultades de concentración, retrasos, absentismo, quedarse dormido en clase, incumplimiento de tareas o abandono de actividades que anteriormente despertaban interés.

El cuerpo también puede reflejar la sobrecarga mediante cansancio extremo, dolores de cabeza, molestias digestivas, alteraciones del apetito o problemas de sueño.

En el plano social, el aislamiento, la pérdida de contacto con los amigos y la renuncia habitual al ocio por obligaciones familiares son señales que no deberían normalizarse.

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La parentificación puede incluso influir en la construcción de la identidad. Si durante años un adolescente recibe el mensaje implícito de que su función es cuidar, que su valor depende de ser útil o que no tiene derecho a equivocarse, puede desarrollar una autoestima excesivamente vinculada al sacrificio.

En la adultez, esa dinámica podría expresarse como dificultad para establecer límites, sobreexigencia, hipervigilancia emocional, relaciones desequilibradas o decisiones condicionadas por la culpa.

El apoyo debe sustituir a la criminalización

La experiencia de cuidar, sin embargo, no tiene por qué ser necesariamente negativa. García Fernández señala que asumir determinadas responsabilidades puede desarrollar empatía, sensibilidad, capacidad de organización, responsabilidad y comprensión del sufrimiento de otras personas.

El problema surge cuando el adolescente cuida en soledad, con miedo, culpa y una renuncia constante a su propia vida. En esas circunstancias, el costo puede superar los beneficios formativos de la experiencia.

Desde la perspectiva de política social, Rueda Estrada plantea que la respuesta no debería basarse automáticamente en la criminalización de las familias, sino en la detección temprana y la provisión de apoyos. La escuela, los servicios sociales de base y la atención primaria tienen un papel fundamental para identificar situaciones de riesgo.

Las tutorías escolares pueden ser especialmente útiles, ya que permiten detectar cambios de rendimiento, cansancio, absentismo o aislamiento y activar mecanismos de apoyo antes de que la situación se agrave.

Para ello, también resulta necesaria una mayor coordinación entre los sistemas educativo, sanitario y social y las redes familiares o informales.

Entre las medidas que pueden aliviar la carga se encuentran los servicios de proximidad, apoyo emocional para cuidadores, servicios de respiro y mecanismos de atención a las familias que no pueden asumir por sí solas determinadas necesidades de cuidado.

Un artículo publicado en 2024 en The Journal for Nurse Practitioners también alertó sobre la posibilidad de que la parentificación incremente riesgos en el desarrollo, la salud física, el rendimiento académico y el bienestar psicológico, además de señalar que los profesionales sanitarios no siempre identifican cuando un menor está asumiendo responsabilidades de cuidado excesivas.

El desafío consiste en evitar dos extremos: romantizar el sacrificio adolescente como una muestra de madurez o patologizar cualquier forma de colaboración familiar. Entre ambos existe una distinción esencial: cuidar puede formar parte de crecer, pero no debería obligar a un adolescente a dejar de vivir su propia adolescen

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