Un estudio internacional advierte sobre una situación preocupante en la salud mental infantil: el 74 % de los niños evaluados supera el umbral clínico de síntomas de Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), lo que revela la magnitud de una crisis que, en muchos casos, permanece invisibilizada.
La investigación, liderada por la Universitat Oberta de Catalunya (UOC) junto a instituciones argentinas, analizó a preadolescentes de 11 años en una zona vulnerable de Buenos Aires.
Los resultados evidencian que tres de cada cuatro niños crecen con síntomas de trauma no tratados, lo que podría impactar seriamente su desarrollo a largo plazo.
La doctora Perla Kaliman, autora principal del estudio, advierte que esta situación incrementa el riesgo de depresión, ansiedad, trastornos de conducta, enfermedades crónicas e incluso conducta suicida en etapas posteriores de la vida.
También señala implicaciones sociales, como mayor presión sobre los sistemas de salud y la posibilidad de transmisión intergeneracional del trauma.
Diferencias de género en la salud mental
El estudio confirma una tendencia observada a nivel global: las niñas reportan mayores niveles de estrés y síntomas de TEPT que los niños. Factores como la presión social, la imagen corporal, el riesgo de violencia o acoso, y normas culturales que limitan la expresión emocional influyen en estos resultados.
En contraste, los niños tienden a externalizar el trauma mediante conductas de riesgo o agresivas, lo que genera una percepción social distinta sobre cómo se manifiestan estos problemas.
Mindfulness y autocompasión: claves para la prevención
A pesar del panorama, la investigación identifica factores protectores importantes. Prácticas como el mindfulness y la autocompasión muestran una relación directa con menores niveles de estrés y síntomas traumáticos.
Esto sugiere que desarrollar habilidades como la regulación emocional, la conciencia corporal y un diálogo interno positivo puede convertirse en una herramienta eficaz para enfrentar esta problemática.
El equipo propone integrar estas estrategias dentro del currículo escolar, no como actividades complementarias, sino como parte esencial de la formación.
Programas que fomenten la conexión con uno mismo, la empatía, la gratitud y el propósito personal podrían contribuir significativamente al bienestar psicológico desde edades tempranas.
Barreras estructurales y urgencia de acción
El principal desafío no es la falta de evidencia, sino la limitada inversión en salud mental. Según datos de la Organización Panamericana de la Salud, América Latina destina en promedio apenas un 2 % de su presupuesto sanitario a este ámbito.
A esto se suman el estigma social, la escasa formación docente en salud mental y sistemas educativos centrados en métricas académicas, dejando de lado el bienestar emocional.
Acciones clave para enfrentar la crisis
El estudio plantea dos líneas de acción prioritarias:
- Incorporar programas escolares basados en evidencia científica que promuevan el bienestar psicológico con la misma relevancia que las materias tradicionales.
- Diseñar intervenciones con enfoque de género, que respondan a las diferencias en cómo niños y niñas experimentan el estrés y el trauma.
El llamado es claro: atender la salud mental infantil no puede seguir siendo una tarea pendiente. Detectar, prevenir e intervenir a tiempo no solo mejora la calidad de vida de los niños, sino que también impacta en el futuro de toda la sociedad.







