Los realities llevan más de dos décadas dominando la conversación pública. Este enero, La Isla de las Tentaciones cerró su novena temporada con casi 1,3 millones de espectadores pendientes de las historias de sus protagonistas.
La cadena ya confirmó la grabación de la décima edición para 2026, con apenas seis meses de diferencia, en una estrategia para sostener la audiencia.
El fenómeno no es nuevo. Desde el estreno de Gran Hermano en el año 2000 en Telecinco –que superó el 70 % de cuota de pantalla y más de nueve millones de espectadores- el formato ha evolucionado, pero su esencia permanece: conflicto, tensión y emoción.
“El formato es bastante canónico: mantener la retransmisión lo menos adulterada posible e introducir elementos que generen situaciones impactantes”, explica Elena Neira, profesora colaboradora de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).
La psicología del enganche
Según Aleix Comas, profesor de Psicología en la UOC, existen tres factores clave que mantienen al espectador enganchado:
-
La estructura narrativa. El uso del cliffhanger —cortar la historia en el punto de máxima tensión— y la anticipación de escenas funcionan como reforzadores psicológicos, similares a los mecanismos de recompensa variable de las máquinas tragaperras.
-
El morbo y el voyerismo. Permiten observar situaciones íntimas de personas “reales” en contextos extremos.
-
La comparativa social. El espectador se identifica con un concursante y observa cómo resuelve conflictos que pueden parecerle propios.
“Cuanto más intenso es el conflicto, mayor impacto emocional genera y más deseamos ver cómo se resuelve”, resume Comas.
La trampa del amor tóxico
El problema surge cuando estas dinámicas se convierten en referencia. Diversos estudios académicos advierten que los realities pueden distorsionar la percepción de las relaciones personales, especialmente en jóvenes de entre 18 y 34 años, principal público de estos formatos.
Los expertos alertan de que los comportamientos seleccionados en edición no responden a lo más saludable o realista, sino a lo que genera más audiencia: actitudes polarizadas, conflictos exacerbados y relaciones tóxicas.
El riesgo es la normalización. Si el conflicto extremo se presenta como inevitable y las respuestas agresivas o evitativas como válidas, se refuerzan modelos poco saludables. Entre las consecuencias del consumo excesivo, los especialistas señalan:
- Pérdida de referentes para relaciones sanas.
- Comparación constante que afecta la autoestima.
- Evasión de problemas personales mediante el consumo continuado.
Un informe de la Mental Health Foundation en colaboración con YouGov indica que casi uno de cada cuatro jóvenes entre 18 y 24 años afirma que ver reality TV le genera preocupación por su imagen corporal.
Sufrir la fama
No solo el espectador enfrenta consecuencias. Los concursantes también pueden experimentar impactos emocionales significativos.
Durante el programa, viven en un entorno aislado y altamente intensificado. Al salir, deben afrontar el “duelo” de abandonar esa realidad paralela y enfrentarse al juicio público, basado muchas veces en un personaje construido en la sala de montaje.
La fama repentina y su posterior desaparición pueden generar ansiedad, síntomas depresivos e incluso trastornos si no se gestionan adecuadamente.
El meme como motor social
Las redes sociales amplifican el fenómeno. La polémica no es accidental: se diseñan momentos pensados para generar conversación y memes.
El ejemplo más claro fue el viral “Montoya, por favor” de la última edición de La Isla de las Tentaciones, que trascendió fronteras y fue utilizado por marcas, clubes deportivos y medios internacionales como The Guardian.
“Los memes son el termómetro de la popularidad de un formato”, señala Neira. Conocerlos permite formar parte de la conversación social. Y ahí entra otro factor psicológico: la presión grupal. Si todos hablan del reality, verlo se convierte en una forma de pertenecer.
Más allá del entretenimiento
Después de más de 20 años, los realities siguen funcionando porque combinan emoción, identificación y viralidad. Sin embargo, psicólogos y expertos en comunicación coinciden en la necesidad de promover un consumo crítico, especialmente entre los más jóvenes.
El algoritmo del morbo no solo construye fenómenos virales: también moldea percepciones, relaciones y, en algunos casos, la salud mental de quienes miran… y de quienes participan.







