El cambio climático ha dejado de ser una discusión científica o política para convertirse en un factor determinante dentro de la jornada laboral.
Según estimaciones de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el calor excesivo se asocia a 18.970 muertes laborales al año en el mundo y contribuye a 22,87 millones de lesiones laborales anuales.
A nivel europeo, datos divulgados por la Agencia Europea para la Seguridad y la Salud en el Trabajo (EU-OSHA) revelan que al menos un tercio de los trabajadores declara estar expuesto a riesgos climáticos como calor extremo, mala calidad del aire o fenómenos meteorológicos violentos, y un 31 % expresa preocupación por su impacto en la salud y la seguridad.
Más allá de las cifras, el fenómeno plantea un reto estructural para la prevención de riesgos laborales (PRL). Xavier Baraza Sánchez, director de los Estudios de Economía y Empresa de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), advierte que el clima ya no puede considerarse una variable secundaria en la gestión preventiva.
«El cambio climático no es solo un concepto científico o un debate político; es una realidad cotidiana que entra en los centros de trabajo, impacta en la salud de las personas y obliga a repensar qué entendemos por prevención de riesgos laborales», señala Baraza.
El calor como riesgo estructural
El aumento sostenido de las temperaturas, la prolongación de las olas de calor, la peor calidad del aire y la mayor frecuencia de eventos extremos afectan tanto a empleos al aire libre como a actividades urbanas e interiores.
La fatiga, el estrés térmico y el incremento de accidentes laborales forman parte de un nuevo escenario donde los riesgos dejan de ser estacionales y se convierten en estructurales.
Según la OIT, las altas temperaturas pueden afectar hasta al 70 % de los trabajadores en todo el mundo. El estrés térmico puede provocar agotamiento, golpes de calor e incluso la muerte. A largo plazo, la exposición prolongada puede derivar en enfermedades crónicas que afectan al sistema cardiovascular, respiratorio y renal.
Baraza subraya que los modelos tradicionales de prevención, basados en cierta estabilidad climática, ya no son suficientes.
“Las personas que trabajan al aire libre saben que el calor ya no es el mismo: ahora llega antes, dura más y se intensifica hasta alterar los ritmos, desgastar físicamente e, incluso, poner en riesgo la vida”.
La contaminación atmosférica, añade, afecta a conductores, repartidores y profesionales de servicios esenciales, mientras que la irregularidad meteorológica condiciona la organización de tareas en múltiples sectores.
En este nuevo contexto, la prevención exige revisar horarios, pausas, hidratación, acceso a sombra o climatización, criterios de carga física y, especialmente, la capacidad real de detener una actividad cuando se superan los umbrales de seguridad, sin penalizaciones implícitas.
De la reacción a la anticipación
Los fenómenos extremos -inundaciones, incendios, tormentas u olas de calor prolongadas- añaden una dimensión estratégica vinculada a la continuidad operativa, la movilidad y las cadenas de suministro. Ya no basta con planes de emergencia genéricos; es necesario integrar escenarios climáticos plausibles, ensayar decisiones críticas y establecer responsabilidades claras.
En palabras del académico, la prevención debe evolucionar hacia una disciplina de la anticipación. Esto implica incorporar variables ambientales en la planificación empresarial, interpretar datos relevantes y promover culturas organizativas que entiendan la salud como un valor estratégico y no como un coste inevitable.
Desde esta perspectiva, la prevención del siglo XXI integra tres planos interconectados. El plano físico, que incluye ajustes en tiempos, espacios, ventilación y protección frente al calor y la contaminación; el plano organizativo, que abarca protocolos de decisión, continuidad operativa y coordinación con proveedores; y el plano psicosocial, centrado en la comunicación clara en contextos de incertidumbre y la gestión de la sobrecarga emocional derivada de trabajar bajo presión en entornos cambiantes.
Una oportunidad para transformar el modelo laboral
Lejos de limitarse a un diagnóstico alarmista, Baraza plantea que estos riesgos crecientes también ofrecen una oportunidad para repensar el modelo económico y laboral.
Las organizaciones que apuestan por energías renovables, reducen su huella de carbono o incorporan principios de economía circular no solo contribuyen a mitigar el deterioro ambiental, sino que tienden a crear entornos más seguros y saludables.
En este escenario, la prevención actúa como puente entre la protección inmediata y la transformación estructural. La transición ecológica, si es justa, planificada y con visión preventiva, puede generar empleo de calidad, impulsar tecnologías limpias y fortalecer tanto la salud de las personas como la del planeta.
“A pesar de la gravedad del diagnóstico, el futuro no está escrito”, concluye Baraza.
Para los profesionales de la comunicación y el liderazgo organizacional, el desafío es claro: integrar el cambio climático en la narrativa corporativa, en la gestión estratégica y en la cultura empresarial.
La salud laboral ya no puede abordarse sin considerar el contexto ambiental. Comunicar, anticipar y actuar se convierten en verbos inseparables en la construcción de organizaciones resilientes en un planeta en transformación.







