
La desinformación sigue siendo uno de los mayores retos de nuestra era digital, pues afecta no solo al debate público y la democracia, sino también al bienestar colectivo.
Desde elecciones polarizadas hasta teorías conspirativas durante la pandemia, los bulos se expanden con facilidad y muchas veces quienes los comparten lo hacen movidos por factores más complejos que la simple ignorancia.
Este análisis se basa en un artículo escrito por Clara Pretus, neurocientífica y profesora de la Universitat Autònoma de Barcelona, publicado originalmente en The Conversation UK y adaptado en la revista Telos de Fundación Telefónica.
En él se explora cómo nuestras decisiones para compartir desinformación no responden únicamente a falta de conocimiento, sino a profundos mecanismos sociales, ideológicos y cerebrales.
Hallazgo revelador
Uno de los hallazgos más reveladores del estudio es que las personas más susceptibles a compartir contenido falso suelen estar muy alineadas con ideologías extremas.
Al analizar publicaciones falsas sobre inmigración, derechos de las mujeres o unidad nacional, se descubrió que quienes se sentían fuertemente identificados con estos temas eran más propensos a compartir los mensajes, incluso si sabían que los datos eran falsos.
Además, las imágenes cerebrales tomadas durante el estudio mostraron una intensa actividad en zonas del cerebro asociadas a la cognición social y la necesidad de alinearse con un grupo.
En pocas palabras: cuando una publicación menciona valores identitarios, se activa en el cerebro una respuesta que nos empuja a tomar partido y mostrar públicamente nuestra afiliación.
Incluso las personas con alta capacidad analítica demostraron ser vulnerables a la desinformación si el mensaje apelaba a su identidad grupal.
Campañas para combatir la desinformación
Esto sugiere que no basta con fomentar el pensamiento crítico: las campañas para combatir la desinformación deben también atender a las motivaciones emocionales y sociales que nos llevan a compartir este tipo de contenidos.
En definitiva, luchar contra la desinformación requiere comprender no solo el contenido de los mensajes, sino también el contexto emocional y social en el que se comparten.






