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El 78 % de las personas que viven con obesidad reporta problemas de estrés postraumático asociados a experiencias estigmatizantes, mientras que la discriminación por peso se relaciona con un mayor riesgo de depresión y ansiedad, según datos citados por el especialista Marc Caballero Bartolí.

La obesidad es una enfermedad crónica que trasciende las implicaciones físicas y metabólicas. Para muchas personas, también representa una fuente de discriminación que afecta su bienestar emocional, sus relaciones sociales y su acceso a los servicios sanitarios. Los prejuicios sobre el peso pueden traducirse en aislamiento, baja autoestima y temor a buscar atención médica, lo que dificulta el diagnóstico oportuno y el seguimiento de la enfermedad.

Marc Caballero Bartolí, nutricionista clínico y dietista del Hospital Clínic de Barcelona, España, advierte que el estigma asociado a la obesidad constituye una barrera que repercute en la salud, la economía y los derechos fundamentales de quienes viven con esta condición. De acuerdo con las investigaciones citadas por el especialista, la estigmatización se asocia con un riesgo un 32 % mayor de desarrollar depresión y ansiedad, mientras que el 78 % de los pacientes reporta problemas de estrés postraumático derivados de experiencias discriminatorias.

La evidencia científica también cuestiona la idea de que la presión social o la vergüenza puedan motivar cambios positivos en el peso. Por el contrario, el consenso internacional publicado en 2020 en la revista Nature Medicine advierte que las personas con obesidad enfrentan situaciones de discriminación en el trabajo, la educación y los servicios de salud, alimentadas por la creencia de que su peso responde exclusivamente a una falta de autodisciplina.

El prejuicio también está presente en la atención sanitaria

Uno de los aspectos más preocupantes es la percepción de maltrato dentro de los propios servicios de salud. Según los datos citados por Caballero Bartolí, el 74 % de los pacientes se ha sentido maltratado por profesionales sanitarios, una situación que puede deteriorar la confianza en el sistema y llevar a algunas personas a retrasar o evitar las consultas por miedo a recibir críticas sobre su cuerpo.

Estas experiencias tienen consecuencias clínicas. Cuando el paciente posterga la atención, pueden retrasarse la identificación de enfermedades asociadas, la evaluación de factores de riesgo y el acceso a tratamientos adecuados. El estigma, por tanto, no solo afecta la experiencia emocional de las personas, sino que también puede convertirse en un obstáculo para la prevención y el cuidado de su salud.

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La necesidad de cambiar esta realidad exige revisar tanto las actitudes profesionales como las condiciones en las que se presta la atención. El respeto, la escucha y la evaluación individualizada deben formar parte de un abordaje que reconozca la complejidad de la obesidad sin atribuirla a defectos personales.

La obesidad no se explica únicamente por la fuerza de voluntad

Uno de los mitos más extendidos es que perder peso depende exclusivamente de comer menos y realizar más actividad física. Sin embargo, la regulación del peso corporal involucra factores genéticos, hormonales, metabólicos, ambientales y conductuales que interactúan de manera compleja.

Los estudios científicos han identificado genes relacionados con la ingesta de alimentos cuya actividad se concentra principalmente en el sistema nervioso central, incluido el hipotálamo, una región cerebral que participa en la regulación del apetito y la saciedad. Estos mecanismos muestran que el control del hambre y de la ingesta no depende únicamente de decisiones conscientes.

También intervienen respuestas biológicas que se activan durante la pérdida de peso. Cuando una persona reduce considerablemente su ingesta energética, el organismo puede aumentar las señales de hambre y disminuir el gasto energético como mecanismos de adaptación para preservar sus reservas. Estos cambios pueden dificultar el mantenimiento del peso perdido y persistir durante un tiempo prolongado.

A ello se suman las señales hormonales que intervienen en la regulación del apetito. La leptina, por ejemplo, participa en la comunicación entre el tejido adiposo y el cerebro sobre las reservas energéticas del organismo. Las alteraciones en estos mecanismos pueden influir en la sensación de hambre y saciedad, lo que refuerza la necesidad de comprender la obesidad desde una perspectiva médica integral.

El entorno también desempeña un papel importante. La disponibilidad de alimentos de alta densidad energética, los patrones de alimentación, el sedentarismo y las condiciones sociales pueden interactuar con la predisposición biológica y aumentar la complejidad del tratamiento.

Reducir la enfermedad a una cuestión de voluntad ignora estos factores y atribuye al paciente una responsabilidad individual que no refleja toda la evidencia científica disponible.

Cambiar el lenguaje para mejorar el tratamiento

La Federación Mundial de la Obesidad y otros organismos especializados promueven el uso de un lenguaje centrado en la persona para reducir los prejuicios y evitar que una enfermedad se convierta en la principal etiqueta con la que se identifica a alguien.

Esta perspectiva recomienda expresiones como «persona con obesidad» o «persona que vive con obesidad», en lugar de términos que reducen la identidad del paciente a su condición médica. También propone sustituir expresiones como «obesidad mórbida» por «obesidad grave» y «fracaso del tratamiento» por «falta de respuesta al tratamiento», cuando corresponda.

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El propósito es evitar que las palabras refuercen la culpa o presenten la enfermedad como un defecto moral. Las expresiones utilizadas por los profesionales pueden influir en la manera en que los pacientes perciben su condición y en su disposición a mantener una relación de confianza con quienes los atienden.

La transformación debe extenderse al entorno físico de los centros sanitarios. Contar con asientos adecuados, mobiliario resistente, manguitos de presión arterial de diferentes tamaños, básculas con capacidad suficiente y batas hospitalarias que se ajusten a las necesidades de los pacientes contribuye a ofrecer una atención respetuosa y accesible.

Estas medidas ayudan a eliminar barreras que pueden generar incomodidad o humillación y transmiten un mensaje claro: todas las personas merecen recibir atención médica digna, independientemente de su peso.

Una conversación médica sin culpa ni vergüenza

Frente a este escenario, Adium impulsa la campaña «Hablar te quita un peso de encima», que busca promover conversaciones médicas abiertas y respetuosas sobre la obesidad. La iniciativa invita a las personas a superar la culpa, el silencio y el aplazamiento de las consultas para abordar la enfermedad con información científica y acompañamiento profesional.

Hablar con un médico permite revisar los antecedentes clínicos, las condiciones asociadas, la salud metabólica, el bienestar emocional y las barreras que pueden dificultar el tratamiento. También facilita la evaluación de las alternativas disponibles, que pueden incluir intervenciones nutricionales, actividad física, apoyo conductual, atención de salud mental, medicamentos aprobados u otras terapias, según las necesidades de cada paciente y el criterio profesional.

El abordaje debe adaptarse a cada persona y contemplar que la obesidad es una enfermedad crónica que puede requerir seguimiento a largo plazo. La comunicación respetuosa es parte de ese proceso, porque favorece la confianza y permite que el paciente participe activamente en las decisiones relacionadas con su salud.

Reducir el estigma no es únicamente una cuestión de lenguaje o sensibilidad social. Es una condición necesaria para mejorar el acceso a la atención, fortalecer la prevención y facilitar tratamientos oportunos. Sustituir los prejuicios por información científica y acompañamiento puede ayudar a que más personas busquen asistencia sin temor al juicio y reciban una atención acorde con sus necesidades.

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