¿Cómo cubrir un terremoto sin aumentar el miedo? Fundación Gabo comparte nueve claves

La cobertura de un terremoto exige rapidez, pero también rigor, sensibilidad y responsabilidad. En medio de la incertidumbre, una información incorrecta puede aumentar el miedo, provocar desplazamientos innecesarios e incluso interferir con las labores de rescate.

A propósito de los recientes movimientos sísmicos registrados en Venezuela y Colombia, la Fundación Gabo y su iniciativa Red Ética compartieron una serie de recomendaciones para orientar el trabajo de los medios y la participación de las audiencias durante este tipo de emergencias.

El carrusel adapta las reflexiones del periodista mexicano Jorge Tirzo en el artículo “Tres lecciones periodísticas que nos dejó el temblor #19S”, publicado originalmente tras los terremotos que afectaron a México en 2017.

Las recomendaciones adquieren nueva vigencia después de los sismos de magnitudes 7.2 y 7.5 registrados en el norte de Venezuela el 24 de junio, confirmados por el Servicio Geológico de Estados Unidos, y del terremoto de magnitud 7.4 que afectó el occidente colombiano el 10 de agosto.

La velocidad no debe superar la certeza

Durante las primeras horas posteriores a un terremoto, los datos suelen ser escasos, fragmentados y contradictorios. Todavía puede resultar imposible precisar cuántas personas fueron afectadas, cuáles edificios colapsaron o qué carreteras permanecen bloqueadas.

Ante la falta de confirmación, la Fundación Gabo recomienda explicar con transparencia qué se desconoce y por qué. Reconocer que una información aún no ha sido comprobada también forma parte del deber de informar.

Publicar primero no debe convertirse en una prioridad superior a la exactitud, especialmente cuando una cifra equivocada o una ubicación imprecisa puede influir en las decisiones tomadas por ciudadanos y organismos de emergencia.

Las fuentes oficiales también deben verificarse

Los comunicados de las autoridades son fundamentales durante una crisis, pero no están exentos de errores.

Los periodistas deben contrastar los datos oficiales con testimonios independientes, especialistas y evidencias disponibles en el lugar de los hechos.

Una versión institucional no debería presentarse automáticamente como un hecho definitivo sin someterla al proceso habitual de verificación.

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Esta recomendación recupera una de las principales lecciones del terremoto ocurrido en México en 2017, cuando varios medios difundieron durante horas la historia de una supuesta niña atrapada bajo los escombros de una escuela. La información terminó siendo desmentida, aunque había sido respaldada inicialmente por fuentes oficiales.

Los rumores pueden crear otra emergencia

Las fotografías antiguas, los videos fuera de contexto, las cifras sin confirmar y las falsas listas de personas desaparecidas suelen circular con rapidez después de un desastre.

Estos contenidos no solo desinforman. También pueden aumentar la angustia, desviar recursos de los organismos de socorro o provocar movilizaciones hacia lugares donde no existe una emergencia real.

Antes de compartir cualquier publicación, tanto periodistas como ciudadanos deben preguntarse quién ofrece la información, cómo la obtuvo, cuándo ocurrió el hecho y si existe alguna fuente capaz de confirmarlo.

No todo lo urgente debe publicarse

En una tragedia pueden surgir datos que todavía no conviene divulgar, aunque sean verdaderos.

La ubicación de personas vulnerables, las identidades de fallecidos cuyos familiares no han sido informados, ciertos datos personales o detalles que interfieran con las labores de rescate requieren una valoración editorial cuidadosa.

Informar con rapidez no significa publicar todo lo que llega a la redacción. Esperar puede ser una decisión responsable cuando la divulgación de un dato amenaza la privacidad, la seguridad o la dignidad de las personas involucradas.

Una imagen puede informar o revictimizar

Las emergencias producen fotografías y videos difíciles de olvidar. Sin embargo, la existencia de una imagen no justifica automáticamente su publicación.

Antes de difundirla, los medios deben evaluar si aporta información relevante, si expone innecesariamente a las víctimas y si respeta a sus familiares.

La pregunta editorial no debe limitarse a determinar cuánto impacto genera una fotografía, sino si contribuye a comprender los hechos sin convertir el sufrimiento humano en espectáculo.

Las audiencias también tienen responsabilidades

Durante una emergencia, una misma persona puede actuar como testigo, fuente, verificadora y receptora de información.

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Los contenidos aportados por los ciudadanos pueden resultar valiosos para identificar daños, localizar necesidades y documentar lo ocurrido en lugares donde todavía no han llegado los periodistas. No obstante, esa participación también exige prudencia.

La Fundación Gabo advierte que no todo lo recibido por mensajería instantánea o redes sociales está listo para ser compartido. Las audiencias forman parte del ecosistema informativo y deben evaluar las consecuencias de lo que difunden.

Los medios necesitan alternativas de comunicación

Un terremoto puede interrumpir el servicio eléctrico, la conexión a internet y la telefonía en las zonas afectadas.

Por esa razón, las redacciones necesitan protocolos que les permitan continuar informando cuando fallen sus canales habituales. Las emisoras de radio pueden desempeñar una función esencial, debido a su capacidad para mantenerse operativas cuando otras plataformas dejan de estar disponibles.

La recomendación también implica preparar con anticipación equipos, responsabilidades, vías alternativas de contacto y mecanismos de coordinación entre periodistas.

El periodismo debe funcionar como un servicio público

Durante las primeras horas de una emergencia, las personas necesitan saber dónde buscar ayuda, cuáles vías permanecen habilitadas, cómo reportar una desaparición y qué instrucciones ofrecen los organismos responsables.

En esos momentos, no toda la información tiene la estructura de una noticia tradicional. Los medios también deben ofrecer contenidos útiles, claros y accesibles que ayuden a la ciudadanía a tomar decisiones.

El interés público debe orientar la cobertura por encima de la competencia por la primicia o la búsqueda de imágenes impactantes.

La principal lección compartida por la Fundación Gabo es que cubrir una catástrofe no consiste únicamente en narrar la destrucción. También implica verificar, orientar, proteger a las víctimas y evitar que la desinformación agrave una situación ya marcada por el miedo y la incertidumbre.

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